Quitanos la calculadora del corazón

Quitanos la calculadora del corazón

Señor Jesús, aquí estamos. Y tú estás aquí con nosotras. Expuesto delante de nosotras. Silencioso. Paciente. Con tu corazón abierto. Y quizá esta noche no necesitamos muchas palabras. Quizá necesitamos simplemente mirarte y dejar que tú nos mires. Porque hay algo precioso en estar delante de ti así, sin tener que aparentar nada. Es que tú ya lo sabes todo. Eso da tanta paz. Facilita todo tanto.

Tú sabes todo. Sabes cómo llegamos esta noche. Sabes lo que hemos vivido hoy. Sabes nuestras alegrías, nuestros cansancios, nuestras preocupaciones, nuestras luchas. Sabes también los nombres de esas personas que llevamos dentro, las preocupaciones que llevamos dentro. Y sabes cuáles son esos nombres que nos llenan de alegría, que nos hacen sonreír, y también esos nombres de esas personas que todavía hoy duelen.

Y precisamente hoy, Señor, en el Evangelio nos has hablado del perdón. Y esta noche nos sigues hablando del perdón. Y vemos a Pedro que se acerca a ti y te pregunta: «Señor, si me ofende mi hermano, ¿cuántas veces lo tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?».

Me encanta Pedro porque él lo que quiere es saber el límite. Saber cómo se hace para hacer lo que hay que hacer, pero tampoco exagerar ni excederse, ¿no? Él quiere saber hasta dónde hay que llegar. ¿Qué es obligatorio? ¿Hasta dónde hay que llegar en el amor? Quiere ponerle un número al amor. Hasta siete.

Y tú le respondes: «No te digo hasta siete veces, Pedro, sino hasta setenta veces siete». Y casi casi parece que estás diciendo: «Pedro, deja de contar. No lleves la cuenta». No conviertas el amor en una contabilidad. No tengas una libreta donde apuntes las veces que te han fallado. Y mucho menos hagas una lista de las heridas.

No estés calculando cuánto has dado tú y cuánto ha dado el otro. Y no preguntes continuamente: «¿Y yo qué he recibido? ¿Y por qué tengo que ser yo siempre la que perdone primero? ¿Y cuántas veces más tengo que aguantar esto?».

Porque cuando nos ponemos así, cuando empezamos a contar, algo se rompe dentro de nosotros. Y esta noche, Señor, delante de tu corazón, yo quiero preguntarte: ¿cuántas cuentas llevo yo dentro? ¿Cuántas? No sé. Quizá llevo la cuenta de una persona, de algo que alguien me hizo hace mucho tiempo, de unas palabras que todavía recuerdo, de una injusticia, de una decepción, de una traición, de una persona que no fue como yo esperaba, de alguien que me hizo daño precisamente donde yo esperaba amor.

Y quizá aquella persona es que ni siquiera se acuerda. Pero yo sí. Yo sigo llevando la cuenta. Y tú me dices esta noche: «Suelta ya de una vez la calculadora. Déjala, porque no la necesitas». Porque yo no quiero que vivas contando lo que te deben. Quiero que vivas contando lo que yo te he regalado y te regalo cada día.

¡Qué diferencia, Señor! ¡Qué diferencia entre vivir contando las deudas de los demás y vivir agradeciendo la misericordia que recibimos de ti! Porque, si somos sinceras, también nosotras, cada una, tenemos una historia. También nosotras hemos fallado. También nosotras hemos dicho palabras que no debíamos decir. También nosotras hemos herido a otros. También nosotras hemos decepcionado a alguien. También nosotras hemos necesitado que alguien nos dé otra oportunidad.

¿Y tú no la has dado? Una vez y otra y otra y otra y otra. Y tantas veces, Señor. Quizá ahora el Evangelio de esta noche no me está preguntando solamente a quién tienes que perdonar. Quizás tú me estás preguntando: «¿Pero cuánto te he perdonado yo?». Y entonces todo cambia.

Porque cuando empiezo a mirar la vida desde ti, Señor, me doy cuenta de que estoy aquí solamente por una razón: porque tú has tenido y sigues teniendo misericordia conmigo. Estoy aquí porque tú no llevas cuentas de mis caídas, de mis infidelidades. Porque si tú llevaras cuentas, ¿quién podría sostenerse delante de ti? Yo no, desde luego.

Si tú fueras anotando cada fallo, cada pecado, cada infidelidad, cada metedura de pata, cada momento que te he dicho que sí y después he hecho otra cosa, cada vez que te he prometido cambiar y he vuelto a lo de siempre, a las andadas, cada vez que he vuelto a caer… Si anotaras todo eso, Señor, ¿qué sería de mí?

Pero tú no eres así. Tú no eres un contable de mis miserias. Tú eres el Pastor Bueno que sale a buscarme porque yo soy tu oveja, que tantas veces se pierde. Tú eres el corazón que permanece abierto y que me ama incondicionalmente. Tú eres el amor que nunca se cansa de decirme: «Ven. Ven a mí. Te estoy esperando».

Y quizá esta noche, Señor, yo necesito dejar que tú me perdones también a mí. Porque hay personas que, más o menos, a veces saben perdonar a los demás, pero no saben perdonarse a sí mismas. Y siguen castigándose y fustigándose con lo que hicieron. Siguen viviendo atadas a un pasado, a un error, a una decisión equivocada, a una caída, a una etapa de su vida, a algo que ocurrió hace muchísimo tiempo.

Y tú dices: «Pero bueno, ya está. Vale. Ya déjalo. Ya te he perdonado. Levántate. Empieza de nuevo». No sigas viviendo en una habitación de tu pasado a la que yo ya le he abierto la puerta para que salgas y seas libre. ¿Por qué te empeñas en permanecer ahí? Señor, enséñame a ser humilde para reconocer mis errores sin amargura, para ser capaz de recibir tu misericordia y vivir confiada en ti, agarrada a ti, saboreando la esperanza, la paz, la alegría de saberme renovada.

Enséñame, Señor, a recibir tu misericordia. Porque de verdad que necesito acogerla y aprender a dejar de llevar cuentas conmigo misma. Y es momento de mirar tu corazón. Ese corazón que tenemos aquí enfrente. Ese corazón que habla sin palabras, que tiene los brazos abiertos para recibirme siempre. Ese corazón abierto, ese corazón herido. Ese corazón que ama y va a seguir amando siempre hasta el extremo.

Es momento de mirarte y no apartar de ti la mirada. Y cuando te miro pienso: ¿cómo puede un corazón tan herido como el tuyo seguir amando? ¿Cómo puede un corazón que ha recibido tanta ingratitud seguir abierto? ¿Cómo puede, Señor? ¿Cómo puedes seguir llamando, esperando, perdonando? ¿Cómo lo haces?

Y la respuesta, yo creo, está en que el amor verdadero no nace de lo que el otro merece. Si me amas así, no es porque yo lo merezca, sino que el amor verdadero brota de un corazón conquistado por completo por el amor de Dios. Y tu corazón es todo del Padre. Tu corazón es corazón de Dios. Corazón lleno del Padre de las misericordias.

Y nosotras, nosotras, Señor, somos samaritanas. Y pienso mucho en aquella mujer junto al pozo. O sea, que tú conoces a aquella mujer, cuya historia conoces. Conoces sus heridas, sus decisiones, sus equivocaciones. Porque no hay nada escondido para ti. Y, sin embargo, te sientas junto al pozo y empiezas a hablar con ella. Y no empiezas humillándola. No empiezas recordándole su pasado ni pasándole ningún tipo de factura. Empiezas encontrándote con ella, hablando con ella, devolviéndole la dignidad.

Y quizás eso es lo que tú quieres enseñarnos esta noche: a mirar a las personas desde tu corazón. No desde ese peor momento, no desde aquello que hicieron mal, no desde la herida que nos causaron y nos dejaron ahí, enquistada.

Tengo que aprender a mirarlas, a esas personas, no como quienes me han herido o me han causado daño, sino desde lo que tú todavía puedes hacer por ellas. Esto es difícil, Señor. Esto nos cuesta mucho. Porque nosotras solemos recordar muy bien cada detalle. Recordamos las palabras, las fechas, los gestos. Recordamos exactamente lo que pasó. Tenemos una memoria prodigiosa para las ofensas y una memoria bastante pobre para tu misericordia.

Por eso, Señor, esta noche te pido, para mí, para todas las personas que están aquí, para mis hermanas y para todas las personas que nos acompañan en la adoración: Señor, quítame la calculadora del corazón. Quítame esa necesidad de contar, de comparar, de medir, de acumular, de pensar: «Ya van cinco, ya van diez. Esto es demasiado. Esto es intolerable. No lo entiendo. Esto no se lo perdono».

No, Señor. No. Yo no quiero vivir así. No quiero que una persona que me hizo daño en algún momento siga ocupando tanto espacio dentro de mí. No quiero que una herida tenga más poder sobre mi corazón que tu amor. No. No quiero.

Porque no deja de ser una forma de esclavitud. Y yo quiero ser libre para amar. Por eso sé que necesito perdonar. Y quizá perdonar no significa que mañana voy a sentir cariño por esa persona que me ha herido. Perdonar no significa que voy a olvidarme de lo que pasó, porque no tengo amnesia. Perdonar no significa que tenga que volver a confiar inmediatamente. Perdonar tampoco significa permitir que alguien vuelva a hacerme daño de la misma manera. No. No es eso. Perdonar puede ser algo mucho más sencillo y mucho más profundo.

Decir: «Señor, te entrego esta deuda. Ya no la quiero cobrar yo. Ya no quiero vivir pendiente de que el otro pague. Ya no quiero alimentar este resentimiento. Ya no quiero seguir repasando la escena. Ya no quiero seguir hablando ni pensando de una persona que no está delante de mí y que no me toca a mí juzgarla. Te toca a ti. Yo quiero hablar contigo, Señor, y decir: mira, aquí está esto. Haz tú justicia. Haz tú lo que yo no puedo hacer. Y dame libertad».

Porque, Señor, al final perdonar es eso: dejar que tú seas Dios y dejar de ocupar yo tu lugar, repartiendo absoluciones y condenas. Por eso esta noche quiero poner delante de ti nombres de determinadas personas. Sin decirlos en voz alta, no hace falta. Tú los conoces. Ese nombre que ahora mismo acaba de aparecer en mi cabeza. Ese es.

Y te lo entrego, Señor. Bendícelo, Señor. Cuídalo, Señor. Haz con esa persona lo que yo no sé hacer. Y si todavía no soy capaz de decirte «gracias por todo, gracias por lo que permitiste, gracias por lo que sucedió», al menos sí que te puedo decir: «Te entrego lo que pasó». Y si todavía no puedo sentir paz, puedo pedirte: «Dame tu paz».

Y si todavía no puedo perdonar del todo, puedo decir: «Señor, quiero querer perdonar». Y eso ya es una puerta abierta. Porque tú no necesitas que lleguemos aquí con el corazón perfecto. Necesitas que lleguemos con el corazón abierto. Abierto a ti, a tu misericordia, a tu gracia. Abierto a empezar de nuevo. Por eso, Jesús, esta noche quiero dejar aquí mi calculadora. Quiero dejar aquí mis listas, mis cuentas, mis «me hizo», mis «ya van demasiadas veces»…

Todo eso lo dejo delante de tu altar. Y quiero llevarme solamente una cosa: tu corazón. Un corazón como el tuyo. Un corazón que no vive haciendo cuentas. Un corazón que sabe comenzar de nuevo. Un corazón que sabe mirar. Un corazón que sabe esperar. Un corazón que sabe perdonar. Un corazón que no se cansa de amar.

Señor Jesús, haz mi corazón semejante al tuyo. Y cuando me cueste perdonar, recuérdame cuánto me has perdonado. Y cuando me cueste comprender, recuérdame cómo tú has comprendido mi fragilidad tantas veces. Y sigues. Y cuando quiera juzgar, recuérdame cómo me miras tú. Siempre. Cuando quiera llevar cuentas, recuérdame que tú nunca me has llevado las cuentas. Y cuando vuelva a aparecer aquella herida, cuando vuelva a aparecer aquel nombre, cuando vuelva a aparecer aquella historia, que yo pueda mirarte y escuchar dentro de mi corazón tu voz diciéndome: «No lleves cuentas».

Setenta veces siete. Una vez más, otra vez y otra. Las veces que haga falta, hasta que tu corazón quede libre, hasta que ya no duela igual, hasta que sea capaz de decirte: «Señor, esto ya no lo quiero llevar yo. Lo quiero dejar en tu corazón». Entonces, Señor, quédate con nosotras. Quédate con nuestro corazón. Quédate con nuestras heridas. Quédate con esas personas difíciles, nuestras personas difíciles. Quédate con nuestras historias. Y haz nosotras verdaderas samaritanas, mujeres que han bebido de tu misericordia y que, por eso, pueden llevar misericordia a los demás. Mujeres que no llevan cuentas, porque han descubierto que tú nunca has llevado las suyas. Mujeres que, después de encontrarse contigo junto al pozo, pueden volver a la ciudad con un corazón nuevo. Esta noche, Señor, te lo pedimos de verdad: Quítanos la calculadora del corazón. Y danos tu corazón.

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