Hay historias que te dejan… parada.
Una mujer gestaba un bebé para otra pareja. No desciendo a detalles innecesarios para lo que que quiero expresar aqui, pero todo esto es prefectamente contrastable. No me estoy inventando nada…
Durante el embarazo descubrieron que el niño tenía una malformación cardíaca grave. Surgió entonces un conflicto: quienes habían recurrido a la gestación subrogada querían que se interrumpiera el embarazo. Ella se negó.
Más allá de contratos, leyes y tribunales, a mí me queda una pregunta mucho más profunda: ¿Qué hacemos con una vida cuando deja de ser como la habíamos imaginado?
Mientras todo va bien, es fácil decir: “Quiero este hijo”.
Pero la vida puede sorprendernos. Puede llegar la enfermedad, la discapacidad, una operación, unos cuidados que no esperábamos… y entonces nuestros planes se tambalean.
Y en medio de todo esto hay también una mujer. Una gestante que está llevando esa vida en su propio cuerpo, que ha vivido un embarazo, que ha establecido también un vínculo con ese niño y que se encuentra enfrentada a una decisión que le provoca sufrimiento.
No podemos olvidar su dolor.
Porque detrás de todos los contratos, acuerdos y decisiones hay personas. Personas que sienten, que sufren, que tienen miedo y que pueden encontrarse en situaciones que jamás imaginaron.
Y es ahí donde tenemos que preguntarnos qué entendemos realmente por un hijo.
Un hijo no es un producto que tiene que responder a nuestras expectativas.
Es alguien. Una persona con una dignidad que no depende de su salud, de sus capacidades ni de las dificultades que pueda traer consigo.
Para Dios, una vida no vale por lo que puede hacer.
Vale porque es vida. Vale porque es persona.
Y esto toca algo muy profundo del Evangelio.
Jesús se acerca especialmente al que sufre, al débil, al herido, al que necesita ser cuidado. No porque valga menos, sino precisamente porque necesita más amor.
Por eso, ante una vida marcada por la fragilidad, quizá la pregunta más humana y más cristiana no sea solamente: “¿Qué dificultades tendremos?”, sino: “¿Cómo podemos amar y cuidar esta vida?”
Pienso en tantos padres que reciben durante un embarazo un diagnóstico inesperado y sienten que el mundo se les cae encima.
Qué importante sería que no encontraran solamente miedo, presión o soledad.
Que encontraran personas capaces de decirles: “No estáis solos. Vamos con vosotros.”
Porque una vida no tiene que ser perfecta para ser infinitamente valiosa.
Y tal vez esta historia nos deja una pregunta para llevarnos al corazón: Cuando la vida no viene como yo esperaba… ¿sé todavía reconocer un regalo?
Porque una vida que necesita más amor… no vale menos.
Quizá necesita que nosotros aprendamos a amar más. Vamos a rezar mucho por todos los que están viviendo situaciones así, por las madres, por los padres, por esa mujer gestante que también está sufriendo y, especialmente, por cada vida frágil que necesita ser acogida y cuidada.
Un abrazo fuerte, y hasta otro día
Madre Olga María, cscj

