El Maldito de Getsemaní

Estamos ya dentro de lo que es la Semana Santa. Y es costumbre durante la Semana Santa, durante la Cuaresma también, pero sobre todo en estos días, practicar la devoción del Vía Crucis, y está bien. Pero… yo tengo siempre la impresión de que el Viacrucis se ha convertido en una devoción, en una rutina, en una costumbre, en la que mucha gente enumera y repite, y muy pocos profundizan y ahondan. Se ha convertido en estas catorce estaciones que luego han querido ya añadirle a número 15, que le llaman Vía Lucis…

Bueno, está bien. Pero, al final… yo creo que, en medio de todo esto, de prácticas y oraciones y…, nos perdemos; y no nos acordamos de entrar de verdad en la Pasión de Cristo. Sobre todo, tenemos que ser bautizados en la Pasión, lanzarnos a esa piscina milagrosa que es la de Betesda, la que cuando las aguas se agitaban y uno se sumergía allí se curaba. Pues es la hora de que nosotros nos sumerjamos en espíritu en la piscina o, por decir mejor, el océano infinito que es la Pasión de Cristo.

En el bautismo hemos sido sepultados en Su muerte, sepultados con Él, nos dice Pablo (Rm 6, 3). Y ahora eso lo tenemos que realizar como verdad de manera real y profunda, sumergirnos en la Pasión, sumergirnos en la Pasión para ser renovados, para ser fortalecidos y transformados en ella.

Y hay una manera nueva de hacer el Vía Crucis para quienes se sumergen en la Pasión de Cristo, un Vía Crucis de 3 estaciones. Esto es una llamada mía personal, pero creo que se puede transferir a todas: la llamada a vivir la Pasión del Alma de Cristo, del Alma Humana de Jesús.

Yo siempre, mucho antes de conocer el Corazón de Jesús y centrarle a Él en mi vida, o más bien, centrarme Él a mí en Su Corazón, siempre he tenido gran amor y gran devoción al Alma de Cristo. Esto me enseñó Santa Isabel de la Trinidad, que era profundamente amante del Alma de Cristo. Y si vemos la Pasión y la vivimos desde el Alma de Jesús, nos encontramos un Vía Crucis con menos estaciones, pero no menos profundas, no menos intensas.

Yo señalaría tres estaciones, tres paradas: una en Getsemaní, otra en el Pretorio y la última en el Calvario.

Vamos a hacer, apoyándonos en esos 3 puntos – Getsemaní, Pretorio y Calvario- pues un repaso, una catequesis del camino inicial de la fe primitiva de la Iglesia, sabiendo que los Evangelios de la Pasión fueron escritos para esto: para mostrar lo que había detrás de lo físico, de lo visual, de los enunciados que se escribían en la primitiva Iglesia y que eran lacónicos y que seguimos utilizando hoy cuando rezamos el Credo y decimos “padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue muerto y sepultado”. Esta es nuestra fe, y así la proclamamos y así la profesamos. Pero… ¡qué frio suena y qué poco parece que caemos en la cuenta de lo que decimos!

¡Jesús en Getsemaní es un hecho del que he hablado tantas veces! Y han hablado tantos tantas veces, ¡y tan bien hablado!, que parece absurdo que yo pueda añadir nada después de haber escuchado pues al P. Mendizábal, al P. Cantalamessa, a tantos sabios y santos. ¿Qué voy a añadir yo? ¡Pues poco o nada! Más bien recordar lo que ellos han dicho.

Getsemaní sin duda es pues un hecho único, extraordinario en la vida de Jesús; pero no solamente por lo que sucedía en Su Interior, por su transcendencia en el Plan de la Redención, sino porque aquello era raro. ¡Era raro! Los apóstoles Le veían raro hasta el punto de que lo dicen, lo comentan, porque algo hay en aquel lugar, en aquella oración que les llama la atención.

Ciertamente Jesús debía de ir muchas veces al Huerto de Getsemaní a rezar. El oraba por las noches, lo sabemos, y varias noches debía de ir ese Huerto a orar entre los olivos. Con lo cual, que el Maestro quisiera ir a orar al Huerto en aquella noche, después de comer la Pascua, pues no les debió de llamar la atención. Esto lo hacía Él con frecuencia. Si estaban en Jerusalén, iban a ese Huerto; si estaban en otro lugar, pues a lo mejor tendrían otros sitios habituales. De hecho, Judas sabía perfectamente donde estaba Jesús orando, porque iba más veces ahí. No había problema.

Entonces, Pedro, Santiago y Juan pues le acompañan, “¡Vale! Pues, sí”, como probablemente le habrían acompañado más veces, ellos u otros… Pero aquella noche hay algo diferente. Aquella noche, la oración que ven en Jesús es diferente, hay algo en Él que les sobrecoge, les llama la atención.

Ellos no eran conscientes ni remotamente de lo que estaba pasando de verdad. Veían algo raro, pero no entendían ni patata de lo que estaba pasando. Veían a Jesús desazonado, inquieto, que se levantaba, que iba, que se venía, que se postraba, que caía en tierra;, que de repente está sudoroso, de repente está sudoroso, pero con un sudor sanguinolento, agitado, que les llama, les reclama… que esa noche les pide una cosa rara: “velad y orad”

Porque me imagino que las demás veces que fueron a acompañarle, ellos directamente se tumbarían y a dormir, sin mayor problema. Y esta vez Jesús les pide que velen y que oren. Y no solo eso… sino que, cuando ellos se quedan dormidos, en contra de lo que Jesús debía hacer otras veces, les zarandea, les sacude y les despierta. ¿Por qué? Porque Le ven agobiado, angustiado, turbado, y ellos no entienden lo que pasa. Pero entienden que algo pasa, porque no es normal que el Maestro esté así.

Ellos no saben lo que estaban viviendo, dormidos y atontados, sin enterarse de nada. El momento más transcendental de toda la historia de la humanidad, que es ese. Ni fue la Encarnación, ni fue el Nacimiento, ni será la Muerte de Jesús en el Calvario, ni siquiera la Resurrección… El momento más importante de toda la historia, en el que de verdad tiene lugar la Redención es Getsemaní. La Pasión del Alma del Redentor, la Pasión del Corazón de Jesucristo llega al punto álgido, al punto más alto de dolor, de desconsuelo, de sufrimiento puro, sin mezcla alguna de consuelo en Getsemaní.

Hubo otros acontecimientos de la vida de Jesús para nosotros y lo rememoramos, pero la Redención tuvo lugar en Getsemaní. Se materializó al día siguiente en la Pasión cruenta, llegó a la consumación en el Calvario, cuando fue clavado, muerto y traspasado, sin duda. Pero el acto de obediencia que hizo válido, verdadero, real, redentor a todo lo demás tuvo lugar en Getsemaní.

Hubo pecado por una desobediencia. Nos trajo el dolor para siempre. ¡El pecado! El pecado entró en la historia del hombre por la desobediencia de un hombre. Y hubo una obediencia de otro Hombre Dios, que dio otro giro de 180º a la historia. El dolor del pecado empieza a estar teñido de esperanza. El dolor del pecado ya no es un dolor absurdo, inútil y sin amor. El pecado es vencido para siempre, siempre, siempre en Getsemaní, porque la voluntad humana del Hijo del Hombre, en un acto de libertad suprema y soberana, acepta el Plan de Dios, obedece al Padre y decide entregar Su Vida; decide cargar sobre Sí el pecado del mundo, acepta ser el Cordero de Dios e ir libremente a morir como un maldito para que yo sea bendita.

“Nadie me quita la vida, soy Yo quien la entrego” (Jn 10, 18). Getsemaní es el momento más transcendental de toda la historia de la humanidad, es el momento en que abundó el pecado pero sobreabundó la gracia, abundó la obediencia perfecta del Hijo. Por eso es el culmen de la historia.

Si no hubiera habido Getsemaní, si no hubiera habido ese “Padre, que no se haga mi voluntad sino la tuya… Padre, aquí estoy para hacer tu Voluntad”, si eso no hubiera sucedido en Getsemaní, nada de lo que sucedió el día siguiente hubiera tenido valor. No hubiéramos sido redimidos, si Jesús fuera condenado a muerte en contra de su voluntad, porque Le han pillado, porque no Le ha quedado otra. No hubiéramos sido salvados, no hubiéramos sido redimidos. Nada de lo que Jesús vivió el día siguiente hubiera tenido valor. Esto es Getsemaní.

En Getsemaní los apóstoles se encuentran ante un Jesús extraño, a un Jesús desconocido. Es el mismo Hombre que caminó sobre las aguas, que calmó la tempestad, que expulsaba con autoridad a los demonios, que curaba tantas enfermedad, aquel a quien la gente escuchaba durante horas y horas sin cansarse. Y ahora Le miran y Jesús está convertido en un espectáculo patético y lastimoso, terrible. El que siempre les ayudaba, es el que ahora les pide a ellos ayuda. Esto les tiene desconcertados.

Marcos dice “comenzó a sentir pavor y angustia” Y les dijo: “siento una tristeza mortal. Quedaos aquí y velad” (Mc 14, 33).. Los verbos que utilizan en el texto griego sugieren la idea de un hombre que está hundido en una turbación profunda, en una especie de terror, de pánico solitario. Dice el Padre Cantalamessa “como quien siente que va a ser eliminado del conjunto de los hombres”.

Jesús está solo, ¡muy solo! Como alguien que estuviera extraviado, perdido en algún punto del universo donde todo grito cae en el vacío, donde no hay ningún punto de apoyo por ninguna parte.

Los gestos de Jesús son de una persona que está debatiéndose, luchando en medio de una angustia mortal, se postra en tierra, se levanta para ir a ver a sus discípulos, vuelve a arrodillarse, se levanta de nuevo… Y de sus labios sale esta súplica “Abba! ¡Padre, todo te es posible! ¡Aparta de mí esa copa de amargura!”

Aquí hay una idea preciosa en la que he estado reflexionando estos días y que me ha hecho comprender que Getsemaní es un pozo de sin fondo, cuando ya parece que ya lo has visto de todos los ángulos, y has aprendido todo de tantos maestros, el Espíritu Santo levanta un poco el velo y te hace descubrir otra perspectiva más.

Pues mirad… la imagen de la copa, de la que Jesús habla en Getsemaní, la copa y el cáliz, en la Biblia tiene un significado muy claro: el cáliz en la Biblia significa la idea, es la idea de la ira de Dios contra el pecado. Dios odia el pecado, Dios aborrece sustancialmente el pecado, porque va contra su propia esencia; odia, aborrece, le repele; siente ira, furia, cólera. El cáliz significa eso en la Biblia, en el Antiguo Testamento.

Y Jesús le pide al Padre que “si es posible, no tenga que beber ese cáliz de la cólera, la rabia, la furia, el odio de Dios al pecado, porque Él ha asumido ser pecado, hacerse pecado. En Getsemaní contemplamos a Jesús hecho gusano, hecho lo más bajo, aborrecido de Dios, maldito de Dios y de los hombres. Jesús deja de tener figura humana, apariencia humana y está todo Él transido de pecado.

Frente a ese cúmulo de pecado en que Jesús queda convertido en Getsemaní, el cáliz de la cólera de Dios, del odio de Dios al pecado, se desborda sobre Él. Y ese es el dolor más tremendo.

La pena de daño que es el infierno, la ausencia de Dios, el abismo infinito entre Dios y el pecado… Jesús experimenta ese abismo infinito entre el Padre, Su amado Padre, y Él, convertido en pecado en Getsemaní. No se puede concebir para el Alma de Jesús y para Su Corazón un desconsuelo más grande que verse apartado del Padre para siempre. Sin amor, sin bondad, sin misericordia, lejos, infinitamente lejos de Su Abba para siempre… ¡eso es el infierno! Y Jesús experimentó el dolor de los condenados en Getsemaní. Nuestro dolor, porque estábamos condenados hasta ese instante.

Y para podernos devolver al Padre, se deja sumergir en el horror de la ausencia infinita de Dios, que es el infierno. ¡Ese es el cáliz que se vuelca sobre Él! ¡Pero Él viene a hacer nuevas todas las cosas! Bebe hasta el fondo el cáliz, hasta los pozos, que no quede nada, ni una gota sin beber. Isaías lo llama “la copa del vértigo”. De esa copa de vértigo se dice que los malvados de la tierra tienen que beberla y apurarla hasta el fondo. Y en el Apocalipsis se habla del vino de la ira de Dios derramado sin mezcla en la copa de Su cólera.

Jesús en Getsemaní es la impiedad, os lo acabo de decir, toda la impiedad del mundo. Él se ha hecho pecado, es absolutamente y plenamente culpable ante Dios. Por eso contra Él se rebela la ira de Dios. Y este rebelarse la ira de Dios y conocerla Jesús en Su Alma, en Su Corazón, en todo Su Ser, es beber la copa. ¿“El cáliz que me lo dado mi Padre, no lo he de beber?”

Es importante que entendamos bien esto, porque a veces desfiguramos en la piedad popular, o cuando vamos pasando superficialmente por encima de algunas cosas.

Muchas veces pensamos que por un lado están los hombres con Sus pecados; y que por otro lado está Jesús que sufre y de alguna manera repara o expía la pena de esos pecados, pero quedando Él intacto, distante. Como dicen los niños de mi catequesis… “si tenía súper poderes, ¡no le dolería nada!”. El otro día me decían: “yo creo que lo hacía por disimular como que le dolía”. Y… ellos son niños, pero cuantas veces nosotros, que no lo somos, no creemos de verdad en el dolor de Jesús. ¡No nos lo creemos! Bueno, sí, llevamos toda la vida oyendo que Él padeció, pero… o es parte del pasado o no nos lo creemos del todo.

No solamente sufrió, no solamente sufre hoy en presente, sino que asume lo que me corresponde a mí y lo vive como propio. La relación entre Jesús y el pecado no es distante, no es con mascarilla, no es indirecta. No es una cuestión tampoco jurídica para cumplir que el Padre quede satisfecho porque como se habla mucho de eso de la satisfacción y de la reparación en estricta justicia y tal… que lo tenía todo controlado, pesado y medido… pagó la deuda y ya… debo tanto, ¡pues pago tanto! ¡Ya ha quedado todo en orden, ¿no?, como con una especie de ojo jurídico…

¡No! La relación de Jesús con el pecado no tiene nada que ver con eso. La relación de Jesús con mi pecado, cargándolo sobre Sí, haciéndolo propio, asumiendo mi responsabilidad y mi culpa, como si lo hubiera cometido Él y Él fuera el único culpable, liberándome a mí del todo, de todo cargo y responsabilidad… La relación de Jesús con ese pecado mío, es absoluta, verdadera, plena y pasa por verse privado de lo que más ama: del PADRE.

¿Qué más me podía haber dado Jesús? Decimos que el Padre, no teniendo a nada más entregó a Su Hijo por nosotros. “Quien nos ha entregado a Su propio Unigénito Hijo por nosotros… ¿qué nos va a negar?”, dice Pablo… ¡y es verdad!

Y yo le doy la vuelta y le digo: quien ha entregado al Padre de Sus Amores, Aquel que Le llena el Corazón y la Vida… Aquel que posee por completo Su Alma, Su Inteligencia, todo Su Ser Humano… a Quien ama apasionadamente y Le hace infinitamente feliz… Si Jesús ha entregado eso por mí, para librarme de mi pecado… ¿Qué más me puede dar? ¿La Sangre? ¡¡Sí, lo va a hacer el día siguiente!! ¿Morir por mí? ¡¡Sí, lo va a hacer el dia siguiente!! Pero en Getsemaní, me da lo que es en esencia: ¡deja de ser HIJO para convertirse en MALDITO!

¿Qué más puede hacer por mí? ¿Qué derecho tengo yo a dudar de Su Amor? ¿Qué derecho tengo yo a quejarme, a no confiar en Él… a pedirle cuenta de las cosas… a dejarme conducir? ¿Qué más me puede dar Jesús que Su Ser de Hijo? Dejar de ser HIJO para convertirse en un maldito y dejar que sobre Él se derrame hasta el final el cáliz de la cólera de Dios…

Jesús ha cargado con todo el pecado del mundo, ¡todo! Y lo decimos: “Ahí va, este es el Cordero de Dios que carga el pecado del mundo”, todo el pecado del mundo de todos los hombres, sin exceptuar ninguno, de todos los tiempos, desde el principio hasta el final. Todo el pecado ya cometido en el tiempo, todo el pecado que se está cometiendo ahora mismo, todo el pecado que se va a cometer en el futuro… Todo, absolutamente todo, lo ha cargado Él: el orgullo, la rebelión contra Dios, la lujuria, la hipocresía, la mentira, la violencia, la injusticia, el odio en todas sus manifestaciones… ¡todo! Solo hay una palabra para explicarlo y es TODO. Y ahí cada una tiene que ponerse delante de Jesús, y pedirle luz para intentar ahondar y comprender y vislumbrar lo que significa eso “de todo el pecado del mundo”. Por supuesto, el mío estaba ahí.

¡Qué presión sobre el Alma de Jesús! ¡Qué angustia profunda sobre Su Corazón! Todo ese peso infinito estaba sobre Él. Se pregunta el Padre Cantalamessa qué ocurriría si todo el universo físico con sus billones y billones de cuerpos celestes se apoyasen en un solo punto… Imaginad ese universo físico como si fuera una pirámide y que la punta de la pirámide la pusiéramos boca abajo, y estuviera en forma de clavo sobre un solo punto… ¿qué presión soportaría ese punto? Pues todo el universo moral de la culpa, que no es menos ilimitado que el universo físico, pesaba en ese momento sobre el Alma de Jesús.

La verdadera cruz que Jesús cogió sobre sus hombros, y que llevó hasta el Calvario, y en la que después fue clavado fue la que cargó sobre Sí en Getsemaní. Ya no se vio libre de ella hasta que expiró en el Calvario. El madero moral se lo pusieron sobre los hombros ahí, que nadie Le ayudó a llevar, porque pidió ayuda, y se la negaron. El madero que le hizo derramar Sangre, la primera Sangre que derramó esa noche, fue este: la cruz de nuestro pecado, la cruz de nuestra culpa.

¿Y Dios? Dios está lejos, muy lejos. Dios es la causa de su mayor sufrimiento. ¿Y sabéis por qué? No porque sea el responsable, Dios no Le está haciendo a Jesús nada, como no nos hace a nosotros… El problema es que sola la existencia del Padre, la sola existencia de Dios denuncia el pecado, denuncia a Jesús hecho pecado. De alguna manera, Le produce un sonrojo y una vergüenza infinitas. Algo insoportable, insufrible.

Si hasta ahora había una unión y una atracción infinita en amor entre el Padre y el Hijo, en Getsemaní hay una repulsión y un rechazo igualmente infinito por el odio. Jesús quiere sentir el amor al Padre, recordar ese amor, y no puede, porque es pecado. Y el pecado es odio a Dios y estamos ante un pecado ilimitado, ante EL PECADO.

En la Humanidad Santísima, por encima de todo santa de Jesús en Getsemaní, choca con una fuerza incomprensible pero real la santidad de Dios con la suprema malicia del pecado que está concentrada en un solo hombre. El choque más brutal que podáis concebir, la repulsión más infinita. Y, en medio de ese dolor sin límites… la voluntad humana de Jesús no se resiste ni un instante: ¡AQUÍ ESTOY! ¡TOMA MI HUMANIDAD PARA LA REDENCIÓN! ¡TOMA MI CORAZÓN HUMANO PARA LA REDENCIÓN! ¡TOMA MI VOLUNTAD HUMANA PARA LA REDENCIÓN! ¡TOMA MI ALMA, MI CUERPO PARA LA REDENCIÓN! TÚ NO PIDES SACRIFICIOS NI OFRENDAS… ¡PERO ME HAS DADO UN CUERPO!

En medio de la mayor desolación que un ser humano ha podido nunca experimentar, Él sigue diciendo: ¡AQUÍ ESTOY! ¡HÁGASE, PADRE!

Y recordemos, y ya termino, que Jesús hace nuevas todas las cosas. ¡Todas! Hace un momento os he dicho que en la Biblia -¡y esto me parece tan precioso, y estoy disfrutado tanto estos días!-, que la idea de la ira de Dios contra el pecado es la copa, es el cáliz. En la Alianza antigua era así. En la Alianza nueva el cáliz es la copa de la misericordia y no de la ira de Dios contra el pecado, sino de la misericordia de Dios. Es la Alianza Nueva, es el cáliz del Hijo que se entrega, que se derrama, para borrar nuestro pecado, para sanarnos de él. Cuando el cáliz de la Alianza Nueva se vierte sobre mí, no cae sobre mí la cólera de Dios, ni la ira de Dios, ni el odio de Dios al pecado. Cae sobre mí la misericordia de Dios, la paciencia de Dios, el perdón de Dios, la condescendencia de Dios. No cae sobre mí la ira, sino la Sangre del Hijo; y la Sangre del Hijo es Vida, Vida en Abundancia. La Sangre de Jesús es Redención.

Yo me acuerdo mucho, me gusta mucho, una frase de uno de los himnos que vamos rezar el Viernes “Oh Cruz fiel, Árbol único en nobleza”, cuando dice “un mar de Sangre fluye, inunda, avanza por tierra, mar y cielo y los redime”. Es el cáliz gigante que Dios derrama sobre el mundo, inundando el mundo con la Sangre del Hijo y redimiéndolo. Ese es el cáliz de la Alianza Nueva y Eterna y ese cáliz se rompe y empieza a derramarse, cuando en Getsemaní Jesús empieza a derramar Su Sangre, comienza a sangrar. Pero es solo el principio. Es tiempo de velar, es tiempo de orar, es tiempo de seguirle. Es tiempo de mirarle. Y es tiempo de dar un paso al frente y de cargar con Él el madero del pecado del mundo, ese madero que Jesús aún carga y al que nosotras hemos sido llamadas

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