El contento de ser monja: la alegría por el llamamiento

 

Teresa entra en su comunidad a los 20 años pidiendo, como es costumbre en el Carmelo, la compañía de las hermanas y entra con una actitud humilde, receptiva. Ella llega a entregarse a Dios para no condenarse. La intención es entregarse a Dios y quiere beber de las fuentes del Carmelo; ella llega al Monasterio dispuesta a aprender. Santa Teresa es como una esponja, siempre ha estado abierta, siempre ha sido una mujer abierta, receptiva… Llega al Monasterio con 20 años y dispuesta a aprender a ser monja.

IMG-20181220-WA0085.jpgLa reciben con respeto y admiración porque es una joven de familia hidalga, dotada de evidentes gracias personales. Habría que verla con 20 años, tenía que ser… pues yo me la imagino: como un cascabel, llena de preguntas, llena de curiosidad, dicharachera, divertida… en aquel momento tiene salud… inquieta… Pues tenía que tener muchísimo encanto, tenía que ser una preciosidad verla, ¿no? Además me la imagino con su sentido de humor, con su agudeza de siempre y con 20 años, ¡que no es lo mismo con 20 años que con 50! Y aunque fue ahí para no condenarse… -¡tiene tela la cuestión!- de alguna manera estaba ilusionada y ella quería ser monja “a tope” porque en Santa Teresa las medias tintas no van.

Ella lo que tenía muy claro era que no quería casarse ni a tiros, porque ella lo dice tenía miedo de “entregarse a un hombre que le acabara la vida y el alma”, porque ¿iba aguantar ella un marido? ¡Va a ser que no! Esa sumisión que se esperaba de una mujer a un marido, ¿la iba aguantar ella? ¡Ni hablar! ¡No! ¡sería imposible! A una Priora por amor de Dios todavía se sometía, que se sometía hasta cierto punto. Pero ¿a un marido? Viendo, por ejemplo, el matrimonio de su hermana María con Martín de Guzmán y Barrientos o viendo el matrimonio de su madre que se casó a los 16 años y a los treinta y pocos murió de sobreparto agotada. Ella dijo que ni hablar, que ella por ahí no, que ella no se casaba. Eso lo tenía clarísimo.

Entonces ella llegó allí a ser monja bien, para no condenarse pero monja bien. Ella siempre ha sido una persona de poner todo, de echar el resto, de poner toda la carne en el asador. Santa Teresa y mediocridad no casan. No casan, no concuerdan, no pueden ser. Entonces con 20 años llega allí.tempFileForShare_20191019-201847.jpg

Por lo pronto ha tenido coraje -que hay que ponerse en el contexto de que cogió las de Villadiego- y se marchó de casa sin permiso de su padre. ¡Cosa inaudita en el siglo XVI! Te casabas con permiso de tu padre, te ibas al convento con permiso de tu padre y hacías todo con permiso de tu padre ¡y sin permiso de tu padre no hacías nada! ¡Nadie y menos una mujer! Pues como su padre -que era muy pío pero era su padre– dijo que “¿Monja? ¡No en mis días!” Ella dijo: “como matarle no puedo que queda feo, pues… si ‘no en mis días’, este no…  Se conocían entre el padre y la hija y sabía Teresa que no iba a ceder nunca. Y se marchó de su casa.

¡Es que no calibramos lo que supone marcharse de casa como se marchó en el siglo XVI! Una cosa es que lo hagas en el siglo XX con tu DNI demostrando que eres mayor de edad. En el siglo XVI eso no existía: una mujer estaba sumisa a su padre hasta que no estaba sumisa a su marido. Pero estaba sumisa siempre. No tomaba decisiones por si misma y menos de ese calibre. Bueno, pues ella se marcha al convento sí o sí. Y al pobre hermano suyo, al tal Antonio, lo “atontó” también y le metió fraile sí o sí. Teresa le dijo que se hacía dominico por encima del mundo entero y, según pasaba, le dejó en Santo Tomás, se lo emplumó a los Dominicos y ella se marchó a la Encarnación. Y el pobre Antonio… debía ser un poco pánfilo (o es que no fue pánfilo es que ante ella no se debía poder hacer mucho) o debía ser tan arrolladora que al pobre hermano le metió a los Dominicos, le dejó allí y ella se marchó a la Encarnación. El hermano salió al poco tiempo porque ¡no tenía vocación el pobre! Estaba allí por obra y gracia de su bendita hermana. Como también cogió al otro pobre y le llevó a tierra de moros. ¡Es que debía de tener a todos en jaque! y con el padre no podía, pero lo intentaba. Y como no pudo, cogió y se marchó a la francesa, sin ningún tipo de problema.

Bueno, pues esa persona que llega allí, empieza a ser una religiosa como ella era. Se le asigna una amplia celda, conforme a su rango y a su dote, porque su padre leyó la nota y enseguida fue. Fue a ver lo que pasaba y se encontró que ya era monja y que ya estaba dentro y entregó la dote… A ver: ¿qué iba hacer con ella? El sabía que era inútil llevársela a casa porque se iba volver a marchar. Si ella ya se le había escapado con 7 años a que la descabezasen con Cristo ahora a los 20 años se ha escapado para ser monja… y decidió dejarla. Al fin y al cabo, mientras no se escapara para hacer cosas peores… tampoco se podía quejar el hombre. Y él sabía que ella era capaz de eso y de mucho más. Si es que apuntaba maneras desde pequeña, desde pequeña.

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Digo que esa mujer excepcional empieza su noviciado. Su estado de ánimo en esos momentos lo conocemos a través de sus testimonios personales. En primer lugar, hay un antes y un después con respeto a la Toma de Hábito. No había, como hay ahora, un Postulantado de un montón de tiempo: canónicamente no existía. Entraba en el Monasterio y unos días después, un poco después se les daba el hábito. Y ella dice que “en tomando el hábito a la hora –o sea, fue tomar el hábito y una hora después– me dio un tan gran contento de tener aquel estado que nunca más me faltó hasta hoy” (V 4, 2).

¡El contento de ser monja! ¡Fue feliz toda su vida! Y repito: no porque su vida fuera fácil porque tuvo altibajos, tuvo momentos en casi se muere, después estuvo peleándose con Dios veinte años… de todo, ¿no? Pero ella tuvo un gran contento de ser monja en cuanto tomó el hábito. Pasó después por las ansiedades y los temores lógicos de cualquier novicia. Dice ella en Vida 5: “… grandes desasosiegos con cosas que en sí tenían poco tomo…” Lo típico que suele pasar a las novicias: nunca suelen tener cosas gordas de que agobiarse. Pero como cualquier novicia que se preste, pues ella se agobiaba con cosas pequeñas. “… pero con tan gran contento que tenía de ser monja todo lo pasaba”. Era tan feliz de estar en el monasterio y de ser monja que los agobios y las cosas propias de las novicias pues las iba pasando.

Una extraña y grave enfermedad al año de profesar, la obliga a ausentarse del convento para curarse (Vida 4, 5). Es cuando se va a Becedas y toda la historia que ya conocemos que casi la matan: entró al convento a los 20 años y a los 24 casi la entierran viva.

Sentimientos íntimos que pueden ratificarse con muchos otros pasajes: “Yo nunca supe lo era descontento de ser monja ni un momento”. ¡Yo tampoco! (Vida 36, 11). Y en superlativo: “…y como estaba tan contentísima en aquella casa…” Ella estaba contentísima en la Encarnación (Vida 32, 12). Su contento interior está lleno de gratitud y alabanza a Dios por la vocación, por haberla traído a aquel lugar: “de traerme por tantos rodeos vuestra piedad y grandeza a estado tan seguro y a casa adonde había muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar…” (Vida 4, 3). Y en otro pasaje dice: “Bendito seáis, mi Dios, y alábeos todo lo criado… que darme este estado de monja fue grandísima merced” (Camino 8, 2). IMG-20180908-WA0308.jpgPara ella la vocación es un regalo, es una bendición y está contentísima a pesar de que le pasen las cosas que le pasan y de que en la Encarnación la situación es la que hemos descrito antes. Ella estaba encantada de la vida, feliz y agradecida por ser monja. Esta es la visión global, muy por encima de todos los pequeños sinsabores de lo cotidiano.

Cuando ella habla de llanto y de lágrimas, es siempre por otras razones, nunca llora por estar en el convento, llora por las trastadas que hace. Por ejemplo, en Vida 9 nos cuenta del “grandísimo cerramiento de lágrimas” –porque debería ser llorona un rato, por lo que ella cuenta- cuando se encontró el Ecce Homo muy llagado y también lloró litros cuando leyó las Confesiones de San Agustín. Ella quería mucho a San Agustín y le hizo un gran bien.

 

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