La radicalidad evangélica

¡Eso nos suena siempre fatal! Nos suena una cosa muy dura, muy extremosa, y no es eso. Pero Santa Teresa nos dice, porque lo tiene muy claro: “que nadie puede ser monja –porque está hablando a las monjas en concreto– si de veras no se decide a tomar en serio el Evangelio”.

-¿Qué hay que hacer para ser monja?

– “Hummm… Llegar al convento.”

-Bueno, sí….

-“Y vivir la regla y las Constituciones”

-Sí, pero con eso…

Monja es la que ha sido llamada a vivir el Evangelio, con toda radicalidad, en un contexto concreto, que es una vida comunitaria y una vida monástica. Pero hemos venido aquí –que se nos meta en la cabeza – para vivir el Evangelio.

Es –dice ella– “determinarse a darse del todo a Cristo”. El Evangelio, la vivencia del Evangelio es el seguimiento de Cristo. Y si no vivimos el Evangelio, no podemos ser monjas. Lo primero que IMG-20191006-WA0185.jpgtiene que hacer una monja es vivir el Evangelio, ser buena cristiana; y después… ya puede ser muy observante y muy buena monja. Pero lo primero es vivir el Evangelio.

Esto se manifiesta fundamentalmente en la determinación de seguir la llamada con la máxima perfección posible. “No hacer nada que pueda ser contrario a la Voluntad de Dios” (Vida 6). “Pues –esto ya lo dice en el Camino– no se da a este Rey sino a quien se le da del todo” (Camino 16, 5). Lo de la garantía: si no nos damos del todo, Él tampoco se da del todo.

“No vendrá el Rey de la gloria a nuestra alma si no nos esforzamos en ganar las virtudes grandes”. Ese es el quid de la cuestión: el ejercicio de virtudes. ¡Así de radical!

Radical no quiere decir extremoso, que es lo que la gente piensa. Radical viene de “raíz”, de “radix”. Entonces, lo que hace Santa Teresa, es vivir el Evangelio radicalmente, ¡en su raíz! La raíz de la Vida Consagrada Teresiana es el Evangelio. Y la Regla y las Constituciones que ella escribe no son sino un remanso del Evangelio, una expresión, una adaptación, del Evangelio a nuestra forma de vida concreta. Es, por así decirlo de alguna manera, las Constituciones de cada Instituto Religioso, la forma concreta en que ese Instituto tiene que vivir el Evangelio. Pero tiene que ser siempre un código que expresa nuestra vivencia concreta del Evangelio y si las Constituciones no son evangélicas… bueno, yo creo que si las Constituciones no son evangélicas en principio no se aprueban porque no tienen sentido. Pero las Constituciones tienen que ser evangélicas, tienen que ser remanso del Evangelio y así concibe ella la Vida Religiosa: vivir el Evangelio en plenitud, radicalmente.

De hecho, ella inicia la Reforma para tener menos obstáculos, para librarse de obstáculos que le impiden esa vivencia radical del Evangelio. Esa es la idea con que empieza la Reforma.

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