Su disyuntiva: vivir con autenticidad o no vivir

Ella conoció, vivió y sufrió durante varios años, bastantes años, lo que eran los altibajos y los vaivenes en su camino de ser monja. Lo primero que hace –y esto nos puede pasar a cualquiera, si no nos ha pasado ya– es que profesa con muchas ganas, con mucha alegría. Como era ella: con ímpetu, con arrojo… pero lo primero que hace es aflojar en aquello que prometió en su profesión hasta el punto de decir que “no parece sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido; aunque entonces no era esa mi intención” (V 4, 3) ¡No tenía esa intención! Era algo que insensiblemente se fue dando en su vida, pero que la fue minando paulatinamente hasta llegar a… ahora lo vamos a ver.

Sufre la tentación de “andar como los muchos” (V 7, 1), o sea, como el vulgo, como todo el mundo: “Vamos hacer lo que hace todo el mundo”… Eso de “todo mundo lo hace”. De alguna manera ella lo experimentó ya, sufriendo la tentación de “andar como los muchos”. Se resiste a la llamada de Dios que la quiere para cosas más grandes. Ella se da cuenta de que el Señor le pide más, de que el Señor no la tiene en la Encarnación simplemente paraIMG-20190807-WA0087.jpg estar ahí, sino que la quiere para llevarla a algo más grande. Lo intuye y mira para el otro lado y silba y dice que… ¡que no! ¡que para otro día!

¿Por qué? ¿Por qué no quería secundar los planes de Dios? ¡No! Porque esos planes de Dios y el hecho de secundarlos, le suponían renunciar a cosas que le agradaban, a cosas que le gustaban: “No quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo” (V 6, 9).

Anda buscando una vida distinta pues “bien entendía yo que no vivía sino que peleaba con una sombra de muerte y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar, tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me havía tornado a Sí y yo dejádole” (V 8, 12). Este párrafo a mí me impresiona mucho porque expresa muy bien, en pocas líneas, la lucha interior que mantuvo durante años. Ella lo dice: tantas veces me havía tornado a Sí y yo dejádole”. No fue una vez ni dos… sino que debía ser una continua lucha y un continuo “tira y afloja” entre Dios y ella. Dios que la quería -porque la quería y cuando Dios la sigue, la consigue- y ella que no y que no… Y sí: por un momento podía; le podía la gracia y le decía a Dios que sí, e iba al Señor y volvía a dejarle y volvía a caer… y dice ella: “bien entendía  que no vivía sino que peleaba con una sombra de muerte”, que eso es la propia voluntad, el propio empeño, el propio capricho: “una sombra de muerte y no había quien me diese vida, y no la podía yo tomar; y quien me la podía dar, tenía razón de no socorrerme, pues tantas veces me havía tornado a Sí y yo dejádole”. La cita habla por sí misma, no necesita explicación; pero es un pasaje de un gran dramatismo, porque está describiendo una lucha en la que ella vivió durante alrededor de veinte años; entre unas cosas y otras, con altibajos, con momentos mejores y peores pero esta lucha ella sostuvo durante largo tiempo.

Por eso cuando algunos de nosotros protestamos, a la primera de cambio y sobre la marcha, por cualquier dificultad pequeñita en nuestra vida espiritual… hasta que llevemos veinte años peleando con una sombra de muerte… Esto nuestro seguro que no tiene mayor importancia … Reírnos de nosotras mismas y ya… ¡Y a ella le costó la salud, le costó un montón de cosas! Porque una lucha así, una tensión así, tumba al más fuerte.

Ella IMG-20180605-WA0069.jpgera una mujer de complexión débil. Físicamente nunca fue fuerte, psicológicamente sí, espiritualmente sí, pero físicamente nunca lo fue y ¡la tumbó! Y prácticamente todos los estudiosos teresianos coinciden en afirmar que la enfermedad rarísima que la condujo a Becedas, no era tal enfermedad sino un problema somático que la llevó al borde de la muerte. Entre el problema somático y la curandera, faltó muy poquito para que la enterraran viva: y la cosa no le dejó secuelas para toda la vida: tenía algo en la lengua a la hora de hablar, le quedó un algo; tenía también cierto impedimento en el brazo izquierdo, impedimento de movimiento; y al andar, dicen que también se le notaban algo… Otra cosa es que no perdió ni su gracia, ni su salero, ni su alegría, ni su atractivo, ni esa simpatía natural que atraía y que tenía, que desarmaba todo el mundo… eso no lo perdió. Pero sí que le dejó secuelas físicas por toda la vida y murió muy anciana, aunque toda la vida arrastró una salud muy quebradiza.

Y vamos a hacer desde esta premisa y desde esta situación y desde este último párrafo -que es muy revelador- un diagnóstico aproximado de la Vida Religiosa de entonces.

Y hay que decir que en el forcejeo que ella tiene, que sostiene para responder a la llamada y en dar largas a ser monja coherente -forcejo que duró veinte años– tuvo varias revisiones de su vida. Porque ella era de todo menos tonta, de tonta no tenía un solo pelo. Era una mujer perfectamente inteligente, consciente de lo que hacía y muy realista. Ella se enfrentaba a su realidad y la examinaba y se daba cuenta de lo que estaba pasando, pero decía: “otro día; otro día hablamos de esto, lo dejamos de momento, ¿no?” y así fueron pasando veinte años.

Y compara lo que ella había prometido, lo que ella había, con lo que estaba haciendo en realidad y descubre un contraste bastante claro entre la promesa y la realidad. Descubre además que la respuesta tiene que ser personal y que no es suficiente que las de alrededor sirvan a Dios muy bien y sean buenas monjas y ella lo dice en Vida 7. El Libro de la Vida, sobre todo este capítulo 7, es una crítica clara a sí misma y a la situación que vivió en la Encarnación; es muy duro, tiene frases y párrafos muy duros en este capítulo. Y allí ella dice: que no le sirve ni es suficiente que las que están alrededor sean santas y unas monjas estupendas y sirvan a Dios con mucha perfección; que ¡qué bien para ellas! pero que a ella no le sirve y se reconoce a sí misma como “una monja  ruin” – eso lo dice desde el principio, es  una de sus palabras favoritas: “como me vi tan ruin”, “mi ruin vida”… En el libro de la Vida, capítulo 5, ella dice: “como ruin íbame a lo que veía falta y dejaba lo bueno” (Cf. V 5, 1).tempFileForShare_20190910-184706.jpg

Ella no se defiende diciendo que no sabía, era totalmente consciente y no obstante… lo hacía; con lo cual, como era inteligente y era consciente, se sentía fatal. Eso produce malestar, insatisfacción, infelicidad… porque ella sabía que estaba engañándose a sí misma -o tratando de engañarse, porque no se engañaba- ella sabía que estaba engañando a las de alrededor, porque encima la tenían por buena monja y ella sabía que era mentira… Con lo cual ella, que detestaba la mentira -era una mujer que amaba a la verdad- vivía en esa lucha y ese engaño la tenía rota interiormente y profundamente infeliz… porque feliz no era.

2 comentarios en “Su disyuntiva: vivir con autenticidad o no vivir

  1. Estos retazos de la vida de La Santa, nos hacen tener esperanza.Saber que” Ella” tuvo estos forcejeos con Dios ,me anima a seguir puliendo, tantas y tantas imperfecciones del día a dia.Ella lo logró,yo me quedaré a años luz.Santa Teresa es irrepetible.Un abrazo.❤❤

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