Identidad con estilo propio

Hay algo que se llama estilo. La Santa Madre habla del “estilo que pretendemos llevar”. Hay muchos y variados “estilos” de vida religiosa en la Iglesia de los que oímos hablar: el estilo teresiano, o el estilo franciscano, o estilo jesuítico, o el estilo dominicano… El estilo ¿qué es? Porque la verdad es que es una palabra muy gastada y usada que da lugar en ocasiones a equivocaciones también. A veces se dice: “es que eso no es de nuestro estilo”. Y el estilo –refiriéndose a un carisma- no es una moda, no es un parecer. El estilo es la forma concreta con que un carisma se refleja en la vida ordinaria.

¡¡El carisma!! El carisma es una cosa preciosa, el Espíritu santo… y tal y cual y… ¡Qué bonito! Pero así, en concreto, para hacerlo realidad ¿qué tenemos que hacer? Pues nosotras hacemos esto así, así y así…; las Clarisas lo hacen así, así y así…; y en las benedictinas lo hacen así, así, así y así… ¿Es mejor o es peor? ¡Ni mejor ni peor! ¡Es diferente!

Son estilos diferentes de vivir la realidad de la pobreza –por poner ejtempFileForShare_20190904-184811.jpgemplos- al estilo de Santa Teresa, al estilo de Santa Clara, al estilo de San Benito… la realidad de la castidad al estilo de Santa Teresa, al estilo de Santa Clara, al estilo de San Benito… Son estilos diferentes porque en la Vida Religiosa hay factores comunes que se dan en todas las formas de vida consagrada, pero el estilo varía según los fundadores y según el carisma que han infundido a cada obra.

Volviendo al estilo teresiano, hay que decir que es un estilo bastante peculiar y en su día –ahora mismo en el siglo XXI nos cuesta un poquito hacernos a la idea– fue muy rompedor. Sobre todo en lo tocante a la vida de fraternidad, porque el modo de vivir -luego vamos a verlo más adelante- era muy diferente a todo lo que había en la vida religiosa entonces. Había muchas formas de vida religiosa ya en la Iglesia y bastantes formas de vida religiosa femenina. Y ella “inventa” una cosa totalmente nueva y que no tiene nada que ver con lo anterior.

El estilo ayuda a vivir el espíritu y si se desvirtúa el espíritu, se empobrece el estilo; acaba siendo una cosa mecánica, vacía, hueca y eso es un riesgo que muchas veces acecha a la Vida Consagrada, a la vida de las comunidades. Si pierdes el espíritu, al final acabas haciendo una serie de cosas que no sabes muy bien para qué se hacen, qué sentido tienen o qué significan. Por eso, es muy importante mantener el espíritu para que lo exterior -el estilo- no sea hueco, no carezca de sentido. Cuando se desfigura el estilo y el espíritu se pierde la identidad.

-“¡Es que da lo mismo…!”

-¡¡¡No!!! Vamos a ver: no da lo mismo ser clarisa, que benedictina, que carmelita, que capuchina. ¡Es que no da lo mismo!

-“Pero bueno, habrá cosas que sí…”

Efectivamente: profesan castidad, pobreza, obediencia y vida comunitaria pero no es lo mismo. Si desvirtuamos el espíritu, el estilo se pierde y al final la vida religiosa queda convertida en una masa informe. Es como echarle agua al vino, que al final ya no sabes si es vino o si es agua o qué es. Pues con los carismas pasa eso. Y una de las grandes penas de la Vida Religiosa del sigo XX es que se están desvirtuando mucho los carismas, y se haIMG-20190711-WA0203.jpg perdido la identidad, y al final uno acaba haciendo cosas que no le corresponden hacer en su vocación.

Entonces ¡cada uno tiene que estar en su sitio! Porque el problema de la Vida Religiosa del siglo XX es que nos hemos “salido de nuestro tiesto” para ir trasplantarnos el tiesto del vecino y al final… es un lío en el que ya no sabes si estás cultivando rosas, margaritas, azucenas…  Te dan una azucena verde y una margarita roja… ¡Pues no! Mire usted: las margaritas y las azucenas son blancas; cuando salgan de otros colores es porque se ha hecho un injerto raro y se desvirtúa todo.

Y en la Iglesia y en la Vida Religiosa nos ha pasado de eso y por eso mucha gente se ha despistado muchísimo y ha acabado perdida, desilusionada, decepcionada… porque es importante llegar a que cada cual vea delante de Dios qué tiene que hacer y lo haga. Que cada uno responda a la Voluntad de Dios, sea la que sea, que ninguna opción es mejor que otra.

La mejor vocación para mí es la mía, porque es la que Dios quiere para mí. Para mí es estupendo -¡lo mejor!- ser hija de Santa Teresa, porque esa es mi vocación. Y cada uno tiene que ver en la Iglesia -que te ha consagrado a Cristo- cuál es la vocación a la que ha sido llamado y centrarte en eso. No somos pulpos para abarcar veintisiete mil cosas. ¡No!  Yo soy hija de Santa Teresa, soy una monja contemplativa. Soy hija de Santa Teresa con unos matices muy claros que la Iglesia está en vías de aprobar. Entonces sé lo que tengo que hacer en la Iglesia y tengo que hacer “eso”, justamente “eso”, porque además… las gracias que Dios me va a dar, me las va a dar para vivir “eso”.

A mí Dios no me va a dar gracias -porque no tiene por qué dármelas- para asistir a los pobres, porque no es mi vocación. Entonces si me voy con los pobres, los voy a asistir fatal. Aunque lo haga bien exteriormente, el fruto no va a ser eficaz, porque Dios no está bendiciendo eso, porque no me ha pedido eso. Eso lo he inventado yo, haciendo lo que quiero yo… A lo mejor con la mejor buena voluntad del mundo pero… la buena voluntad no basta la vida, ¿eh? Lo único que basta y importante es la de hacer la Voluntad de Dios. Esa es la que de verdad nos lleva a la santidad y la que redunda en bien de la Iglesia y da fruto.

Por eso s muy importante IMG-20180630-WA0014.jpgy la Santa lo recalca mucho, “que guardemos la Regla y las Constituciones”; les insiste mucho en eso a las monjas de San José. ¿Por qué? ¡Porque ahí está su identidad! En el espíritu de esa Regla y de esas Constituciones está la identidad de esas monjas y es importante que sepamos quiénes somos en la Iglesia y qué estamos haciendo en ella. Yo qué soy y qué estoy haciendo, cuál es mi identidad como consagrada. ¡Eso lo tenemos que tener claro y grabado a fuego en el alma! Es cómo nuestra cédula de identidad y no mezclarla con otras cosas, ni diluirla, ni adulterarla. Porque si yo me llamo “Juan García”, no voy diciendo por la tarde que me llamo “Pedro López” y, al día siguiente “Romualdo Domínguez” y, tres días después, “Roberto Pérez”… y al final no sabe uno quién es. ¡No! Yo soy lo que soy siempre y para siempre y mi identidad no cambia. A no ser que haya una intervención clara de Dios que, en un momento dado de mi vida, me puede pedir una cosa diferente. Eso sabemos que puede suceder pero también sabemos que no sucede todos los días. ¡Dios no es una veleta!

3 comentarios en “Identidad con estilo propio

  1. Totalmente de acuerdo…el estilo no es el carisma y Dios da la gracia para ese carisma al que uno es llamado, igual que la vocación no es la misma a un convento que otro aún siendo la misma rama religiosa.
    Lo que sí que está claro es que a quien hay que rendirle cuentas siempre, sean las de vida consagrada como no, es a Dios y actuar en todo momento sabiendo que Él está pendiente de cada uno de nosotros, independiente de dónde estemos o qué seamos.

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  2. ha tocado usted uno de los temas que a mi se me hacen mas difíciles de entender. Cualquier Orden religiosa sigue por encima de cualquier otra cosa el Evangelio ¿no? pues entonces esto solo tiene que hacer muy semejantes a unas de otras. Luego viene en segundo lugar todo lo relacionado con el carisma, que es el que marcará las PEQUEÑAS diferencias. Si estoy equivocada me encantaría que alguien me corrigiera.
    Por otra parte también debe de entrar la casualidad : una niña entra como religiosa muchas veces en el colegio en el que le ha tocado educarse. Si le hubiera tocado otro, entraría en ese otro y en vez de carmelita, seria franciscana o dominica…….. Ya sé que a eso que yo he llamado casualidad se le puede llamar con mas rigor Voluntad de Dios, pero aun con todo explicádmelo por favor.

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