El Corazón de Jesús y las mujeres

TEXTO: Mc 15, 40-41

“Había allí unas mujeres, mirando desde lejos: María Magdalena, María, la madre de Santiago el menor y de José, y Salomé. Ellas seguían a Jesús y lo servían cuando estaba en Galilea. Y había también muchas otras, que habían subido con él a Jerusalén”

REFLEXION:

En varias ocasiones he rastreado el Evangelio, buscando, como mujer que soy, la llamada de Jesús a todas estas mujeres que le seguían y que le llegan a acompañar hasta el Calvario y nunca, en ninguno de los cuatro Evangelios, he encontrado que Jesús llamara 20190820_075827.jpgexpresamente a su seguimiento a ninguna de ellas.

A los hombres, a los apóstoles, les llamó; a Zaqueo, le llamó a la conversión; a varias personas Jesús las llama… pero todas estas personas son hombres. Las mujeres no fueron llamadas expresamente. ¿Por qué? Porque ellas le ven, ellas le conocen y, aunque Él no las llame, ellas le quieren, le aman y le siguen. Jesús no necesita llamarlas expresamente a su seguimiento: ellas quedan fascinadas por Él, por su Persona, por su trato… Quedan cautivadas por su bondad y respeto para con ellas, por cómo las quiere, con qué cariño y con qué delicadeza las trata… y quedan totalmente subyugadas y enamoradas de Él y le siguen. Y le siguen hasta el final; dice el evangelista Juan -expresamente nos cita- que junto a la Cruz de Jesús -donde no había nadie, porque todos le dejaron solos- además de su Madre y de Juan, había algunas mujeres.

Por un lado, es evidente que no es precisa ninguna explicación de por qué su Madre estaba allí. Era su Madre y eso explica que Ella estuviera con Él, no hay que buscar más explicaciones. Pero a veces sí, podemos pensar: ¿por qué ellas estaban allí? ¿Por qué estaban allí las otras mujeres? ¿Quiénes eran y cuantas eran?

Los Evangelios nos citan los nombres de algunas de ellas: María Magdalena; María, la madre de Santiago, el Menor; Salomé, la madre de los hijos de Zebedeo; una cierta Juana y una cierta Susana.

Estas mujeres habían seguido a Jesús desde Galilea. Galilea es el lugar donde Jesús pasó su infancia, sus primeros años. Galilea es el lugar del hogar: Nazaret, el hogar de Jesús y María, está en Galilea. Galilea es el lugar de la intimidad, de la vida de familia; así, como por contraposición, Judea es el lugar de la predicación, de la vida pública, de la Presentación en el Templo… Las manifestaciones más notorias de Jesús tienen lugar en Judea, en Jerusalén o en la cercanía de Jerusalén, mientras que Galilea es el lugar de la intimidad.

Y ellas le siguen desde allí, le habían seguido deIMG-20170730-WA0023.jpgsde Galilea. Lo habían acompañado llorando en el camino del Calvario; en el Gólgota, observaban de lejos, desde la distancia mínima que se les permitía acercarse porque, si su Madre se pudo acercar hasta la Cruz, dicen los estudiosos, es porque alguien, algún soldado, probablemente el centurión, se apiadó de Ella. Le dijeron que era la Madre del reo, del condenado y le permitieron acercarse, pero de suyo, aunque entre los romanos había costumbre de presenciar las ejecuciones, se guardaba cierta distancia. Y las mujeres guardaban esa distancia porque no se les permite acercarse más. Y después de muerto, ellas siguen con Él: le acompañan con tristeza, con dolor, con profunda pena, al sepulcro juntamente con un hombre, que es el que cede el sepulcro: José de Arimatea.

Las llamamos, con cierta condescendencia, “las piadosas mujeres”. Pero yo creo que es un apelativo injusto, porque no son unas mujeres piadosas, son unas mujeres valientes, intrépidas, que se atreven a hacer lo que prácticamente nadie se atreve a hacer, lo que sus más íntimos no se han atrevido a hacer. No son unas mujeres piadosas que, solamente por un sentimiento religioso, hacen eso, sino porque de verdad le aman y tienen coraje y valor. Desafían el peligro que supone dar la cara por un hombre que ha muerto fuera de la Ley, que ha muerto como un maldito.

Y es impresionante, por lo que decíamos al principio: ¡porque ellas no son su Madre! No lo son pero dan la cara por Él, le siguen hasta el final, desaftempFileForShare_20190821-143345.jpgían el peligro y se puede decir de ellas lo que el evangelista Lucas, en el capítulo 7, versículo 23, pone en boca de Jesús: “Dichoso el que no se escandalice de Mí.” Ellas son dichosas porque no se escandalizan de Jesús. Estas mujeres son las únicas que no se han escandalizado de Él. Y ellas son, de alguna manera, en este momento, un referente para nosotras, mujeres amantes del Corazón de Cristo: no escandalizarnos de Él y estar con Él siempre a las duras y a las maduras; y muchas veces son más las duras que las maduras. Pero no dejarle solo, de modo que Él pueda decir de nosotras lo mismo: “Dichosas porque no os habéis escandalizado de Mí”.

Se discute mucho, es un tema de discusión yo creo que bastante absurdo, pero que sirve para polemizar, acerca de quién fue responsable de la muerte de Jesús. Y entonces empiezan a dar vueltas: que si los jefes de los judíos, que si Pilato, que ambos…

En cualquier caso, una cosa hay cierta: fueron hombres, no mujeres, los que condenaron a Jesús. Ninguna mujer está involucrada, ni siquiera indirectamente, en su condena; hasta la única mujer pagana que se menciona en los relatos de la Pasión del Señor, que es la esposa de Pilato, también quiso, de alguna manera, que Jesús fuera absuelto de su condena.

Es cierto, esto no lo vamos a negar, que Jesús murió también por nuestros pecados, por los de las mujeres, para redimir también a las mujeres. Pero históricamente, solamente las mujeres podemos decir que somos inocentes de la sangre de Cristo. Lo que dijo Pilato al excusarse de la Sangre de Jesús es mentira, él no se lo podía aplicar a sí mismo, porque es falso. Nosotras, las mujeres, históricamente podemos decirlo. Pero la cuestión es que no solamente lo digamos históricamente, sino que realmente podamos decir: “Somos inocentes hoy del sufrimiento de Jesús, del dolor de Cristo ahora”. Que lo podamos decir hoy, de verdad, que yo pueda decir: “soy inocente del dolor del Señor, porque llevo una vida que es la que tiene que ser y porque se la estoy entregando”. Que de verdad podamos hacer nuestras estas palabras, que las podamos decir sin faltar a la verdad.

¿Por qué las piadosas mujeres fueron las primeras en ver al Señor Resucitado? ¿Por qué ellas fueron las primeras en verle Resucitado y se les encomienda la misión de anunciarlo a los apóstoles? Eso también para nosotras es todo un signo y toda una señal: nosotras estamos llamadas a anunciarles a los apóstoles, a los apóstoles “oficiales”, -¡ser apóstoles de los apóstoles!- y anunciarles y recordarles, desde la sencillez de nuestra vida, IMG-20170730-WA0025.jpgsin ninguna pretensión, que Jesús está vivo: ha resucitado y es real. Y nuestra función en la Iglesia, una de nuestras funciones como orantes, como contemplativas,[1] es dar testimonio de que de verdad Jesucristo está vivo y dar ese mismo testimonio a los apóstoles de hoy, recordárselo. Porque a veces los apóstoles están tan atareados en su apostolado, que se les puede quitar de delante esa verdad fundamental. Y parte de nuestro ministerio como mujeres orantes y como esposas de Cristo es recordar, ser apóstoles de los apóstoles.

A esta pregunta de ¿por qué las piadosas mujeres vieron al Resucitado primero?  Y además no deja de resultar absurdo, porque el testimonio de una mujer no tenía ningún valor entonces; lo que una mujer dijera no era tenido en cuenta. Y Jesús se presenta a ellas antes que a nadie y dice: “Id a mis hermanos y anunciadles que estoy vivo”.

Y los autores antiguos contestan a esta pregunta con una respuesta que no convence mucho, pero que está ahí: hay un himno antiguo que dice que las piadosas mujeres son las primeras en ver el Resucitado porque fue una mujer, Eva, la que había sido la primera en pecar. Pero yo pienso que la verdadera respuesta es otra: las mujeres fueron las primeras en verlo Resucitado porque fueron las últimas en abandonarlo cuando estaba muerto. Incluso, después de la muerte, ellas acudían en la mañana del domingo a llevar aromas al sepulcro, a seguir mostrando amor al Señor, detalles de amor, delicadezas de amor al Señor.

Y nosotras como mujeres, mirándolas a ellas, tenemos que preguntarnos: ¿por qué ellas fueron capaces de resistir el escándalo de la Cruz? ¿Nosotras vamos a ser capaces de resistir el escándalo de la Cruz de igual manera que ellas? ¿Por qué permanecieron cerca de Jesús cuando todo parecía acabado e incluso sus discípulos más íntimos lo habían abandonado y algunos estaban -como los de Emaús- preparando el regreso a casa? ¿Por qué ellas permanecen? ¿Y seremos capaces nosotras de permanecer y no preparar nunca nuestro regreso a casa, nuestro abandono? ¿Seremos fuertes y valientes para no dejarnos llevar como ellos del desánimo, el desaliento y la desilusión? ¿Cómo lo hicieron ellas para poder hacerlo nosotras igual?

La respuesta la dio anticipadamente Jesús cuando, contestando a Simón, acerca de las objeciones que ponía a la pecadora que le había lavado y besado los pies. La respuesta de Jesús es preciosa, es simple: “ha amado mucho”. Ellas pudieron resistir el escándalo de la Cruz porque habían amado mucho. Luego lo único que podemos hacer, nuestra última arma para no caer en lo que cae cualquiera en una situación así, es el amor, es amar mucho: amar sin miedos, sin límites, porque el amor a veces nos da miedo. Y nos da miedo porque… sencillamente porque nos hace frágiles, nos hace vulnerables y no queremos sufrir y todas estas cosas…

Las mujeres habían seguido a Jesús por Él mismo, por gratitud del bien recibido de Él, gratuítamente, no por la esperanza de “hacer carrera” siguiéndole a Él o de lograr algo a cambio de seguirle a Él. ¡Él es el premio en sí mismo! ¡Él basta, no hace falta nada más! ¡Jesús en sí ya es un regalo y ya es un premio! No necesito que me dé nada a cambio. Se me da Él y teniéndolo a Él, lo tengo todo.

IMG-20170730-WA0024.jpgA ellas no se les habían prometido doce tronos, ellas no habían pedido sentarse a su derecha y a su izquierda… Como está escrito -lo dice el evangelista Lucas y también el evangelista Mateo- le seguían solamente, simplemente para servirle, su alegría era servirle, estar con Él. El hecho de seguirle para ellas era un premio. Además de María, su Madre, eran las únicas que de verdad habían asimilado el espíritu del Evangelio, que no buscaban nada, que no esperaban nada.

Hay una palabra que a mí me suena tremenda, cuando los discípulos de Emaús contestan: “Es que nosotros esperábamos…”, o sea: “nos ha defraudado”. Ellas, aunque le ven muerto y le llevan al sepulcro… -no están soñando, son conscientes de que ha muerto- aún así todo… están tristes, están doloridas, porque le amaban y ha muerto, pero no están decepcionadas, porque vuelven el domingo por la mañana. Le siguen amando a pesar de que ha muerto, siguen esperando en Él, ¿no?, siguen amándole. Ellas habían sido valientes y habían sido capaces -y para esto hace falta ser muy valientes- de seguir las razones de su corazón. Para seguir las razones del propio corazón hay que tener mucho coraje, mucha valentía, porque, con frecuencia, nuestro corazón nos da terror. Entonces nos encerramos en mil excusas y en mil razones para no seguir al corazón.

Su presencia pues, junto al Crucificado y al Resucitado, contiene una enseñanza vital para nosotros: nuestra civilización necesita un corazón para que el hombre pueda sobrevivir en ella sin dejar de ser humano, sin deshumanizarse del todo. Tenemos que dar cada vez más espacio a las razones del corazón. Y la gran crisis de fe en el mundo de hoy consiste en que no se escuchan las razones del corazón, sino solo las razones milimetradas de nuestra mente. En esto, a diferencia de lo que sucede en otros muchos campos, la técnica nos ayuda poco porque, por desgracia -y esto lo sabemos todos- en nuestra sociedad se potencia cada vez más la inteligencia del hombre, sus posibilidades cognoscitivas… pero eso no va acompañado -al mismo tiempo y en la misma proporción- de potenciar la capacidad de amar, que es el más grande don que Dios nos ha dado, el gran talento que no hacemos fructificar. Esto último -al contrario- más bien no cuenta para nada. Aunque sabemos, en el fondo, que la felicidad o la infelicidad no vienen de conocer -no dependen tanto de conocer o no conocer- cuanto de amar o no amar; no hacemos caso del corazón, nos empeñamos en arrinconarlo.

No es difícil, siguiendo esta línea, comprender por qué nos interesa tanto potenciar nuestros conocimientos y tan poco aumentar nuestra capacidad de amar. Es sencillo: el conocimiento, cuanto más conocimiento, se traduce en más poder; mientras que el amor, se traduce en más servicio. Nos interesa más el poder: el controlar, el doblegar a los otros, que el entregarnos a ellos y servirles. Con lo cual, nos interesa más potenciar todo lo que tiene que ver con el conocimiento y acallar todo lo que tenga que ver con el corazón. Y ese es el gran error, el gran fallo, de la sociedad actual, que nos está llevando a todo lo que está pasando y que conocéis mejor que yo.

IMG-20170730-WA0027.jpgEs necesario que después de tantas eras –y lo digo con todo el respeto y todo cariño- que han tomado para ponerse nombre a diferentes tipos de hombre: la era del homo erectus, homo faber, del homo sapiens… Sería necesario pues un cambio también: que apareciera una era de la mujer, una era del corazón y de la compasión, que son dos atributos que Dios ha puesto en el corazón de la mujer de una manera eminente, preeminente, porque van ligados a nuestro ser mujeres y a nuestra capacidad de ser madres: el corazón y la compasión.

También es importante una cosa: ¡ser mujeres! Hay mujeres que, por el hecho de serlo -a mí no me ha pasado, pero sé que hay personas que, por el hecho de ser mujeres, que se han visto discriminadas o infravaloradas- y, de alguna manera, para igualarse, han querido renunciar a ser lo que de verdad somos, a ser aquello que Dios nos ha hecho. Se han dedicado a tapar o a ocultar todo aquello que nos recuerde lo que somos, que ante todo y por encima de todo, somos mujeres y mujeres redimidas y salvadas y amadas tal cual Dios nos ha creado, con toda nuestra peculiar sensibilidad y delicadeza de sentimientos.

Tenemos que ser, por encima de todo, mujeres y no intentar tomar actitudes propias de hombres en cuanto a la fuerza, a la dureza. ¡No! ¡Eso no es de Dios! Dios no nos ha hecho así, nos ha hecho como nos ha hecho y Él todo lo ha hecho bueno y para el bien. Ha habido mujeres que, para afirmar su dignidad, han creído necesario asumir actitudes que no son propias de una mujer, que son más bien masculinas y eso es un error.

Tenemos que sentirnos agradecidas a las piadosas mujeres, porque nos han enseñado esto: ellas no intentaron dejar de ser lo que ellas eran, sino que siguieron a Jesús siendo como eran: desde su fragilidad, desde su debilidad y estuvieron con Él hasta el final.

A mí me conmueve pensar que, durante el camino al Calvario, los sollozos de esas mujeres fueron los únicos sonidos amistosos, benevolentes, que Jesús escuchó. Porque podemos imaginar una multitud furiosa que vociferaba contra Él, que mostraba su odio, su rabia… y, en medio de esa multitud, había algo que casi no se escuchaba pero que yo estoy segura de que Jesús sí que escuchó, que eran los sollozos de estas mujeres. Ellas no se avergüenzan de llorar. Es femenino llorar y ellas lloran y demuestran su amor y su dolor llorando, no tienen ningún inconveniente.

La Liturgia Bizantina que, en algunas cosas es sorprendentemente hermosa, tiene algo que no tiene en nuestra liturgia, que es que han honrado a las piadosas mujeres dedicándoles un domingo del año litúrgico, el segundo después de la Pascua, que toma el nombre de “Domingo de las Miróforas”, esto significa las portadoras de los aromas, las portadoras de los perfumes.

Y Jesús se alegra de que en la Iglesia se honre a las mujeres que lo amaron y que creyeron en Él durante su vida. Y sobre una de ellas, una mujer que vertió en su cabeza el frasco de ungüento perfumado, María en Betania, hizo el elogio quizá más bonito que ha salido de la boca de Jesús: “dondequiera que se proclame este Evangelio, esta buena noticia, en el mundo entero se hablará también de lo que ésta ha hecho conmigo”. Y es una llamada a nosotras a hacer justamente eso con Él.

En la Biblia, además se encuentran de un extremo a otro varios mandatos de “¡ve!” o de “¡id!”, son envíos por parte de Dios. Esa es la palabra que el Señor dirige a Abrahán, dirige a Moisés y a los profetas; dirige a los apóstoles: “Id por todo el mundo y predicad el Evangelio a toda criatura.” Todos esos “id” o “ve” son dirigidas, son invitaciones dirigidas a hombres, a varones. Pero existe un “id” dirigido a las mujeres, el de la mañana de Pascua, dirigido a las miróforas. Entonces les dijo Jesús: “Id y avisad a mis hermanos que vayan a Galilea. Allí me verán.” Con estas palabras, ellas quedaban constituídas como los primeros testigos de la Resurrección.

Y ese “id a Galilea, id a decir a  mis hermanos que vayan a Galilea” es para nosotras muy significativo por lo que os he dicho un poco antes: es nuestra misión como contemplativa: el ser miróforas, el ser portadoras de aromas y portadoras del perfume de la contemplación. Ser personas que invitan a acudir a Galilea, a acudir al hogar íntimo de Jesús, a la intimidad con Él, a la contemplación de Él, al recogimiento con Él, a estar con Él, a vivir en su Corazón… A hacer de su Corazón nuestra Galilea, nuestro Hogar…IMG-20190820-WA0107.jpg

“Id y decid a mis hermanos que vayan a Galilea”, que vuelvan al amor primero, que vuelvan al origen de su llamada, al encuentro Conmigo allí, porque solamente en Galilea me verán. Para ver a Jesús Resucitado hay que ir a Galilea. Es el encargo expreso que Jesús da a las mujeres: “Di a mis hermanos, decid a mis hermanos que vayan a Galilea, allí me verán. Allí me verán Resucitado”. Para encontrarse con el Resucitado hay que volver a la intimidad, al recogimiento, a ese estar con Él, a ese compartir con Él, pues la vida de hogar, ese estar con Jesús en la intimidad… Que sea tan íntimo, tan nuestro, que sea imposible no encontrarle, está tan cerca, es tan propio, que te das de bruces con Él continuamente. Para eso hay que volver a Galilea. Tenemos que anunciar a los apóstoles que regresen a Galilea, que vuelvan a los inicios, al amor primero, a la Buena Noticia, al Evangelio, a la sencillez… En definitiva: a su Corazón. Solo allí, solo entonces podremos verle vivo y resucitado.

Hemos de pedir la gracia de que se avive nuestro deseo de ir a Galilea y, de alguna manera, en la medida que podamos, arrastrar a todos a El, a su Corazón. Y repetir, el gesto de aquellas mujeres. No necesitamos que nos llame a voces: estamos tan enamoradas de Él que nos sale espontáneo correr tras Él, ir con Él, vivir con Él… no concebimos la vida de otra manera, ni la queremos para otra cosa; y quebrar, romper nuestra vida,  nuestro ser, nuestro frasco… y derramar nuestro perfume.

ORACION: Jesús: aviva en mí el deseo de ir a Galilea y, de alguna manera, arrastrar a todos a tu Corazón. Que viva tan enamorada de Él que nos salga espontáneo correr tras de Ti, ir Contigo, vivir Contigo… no quiero nada más, sino romper mi Vida para Ti, ser quebrada por el Amor y derramar mi perfume. Amén.

2 comentarios en “El Corazón de Jesús y las mujeres

  1. oiga madre. se ha pasado. Además de que piadosas no se opone para nada a valientes. Si esto lo lee un moderno o una moderna lo menos que la llama directamente es feminista. Palabra que, como sabe, se ha puesto de moda.

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