El Corazón de Jesús quiere sanarnos

Se encontraba allí una mujer que desde hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó por detrás, entre la multitud, y tocó su manto, porque pensaba: “Con sólo tocar su manto quedaré curada”. Inmediatamente cesó la hemorragia, y ella sintió en su cuerpo que estaba curada de su mal.

IMG-20190819-WA0242.jpgJesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se dio vuelta y, dirigiéndose a la multitud, preguntó: “¿Quién me ha tocado?” Sus discípulos le dijeron: “¿Ves que la gente te aprieta por todas partes y preguntas quién te ha tocado?” Pero él seguía mirando a su alrededor, para ver quién había sido. Entonces la mujer, muy asustada y temblando, porque sabía bien lo que le había ocurrido, fue a arrojarse a sus pies y le confesó toda la verdad. Jesús le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz, y queda curada de tu enfermedad”.

REFLEXION:

¡Cuántas personas se extravían andando caminos equivocados! ¡Cuántas personas doloridas, enfermas en su cuerpo, en su alma, buscan el remedio, buscan la sanación y buscan por caminos equivocados! Con lo fácil que es venir aquí, delante de Jesús, mostrar nuestras llagas, mostrar nuestros dolores y decirle: “Aquí estoy, ¡cúrame! ¡Sana mi alma! ¡Sana mi cuerpo! ¡Sana mi corazón! ¡Sana todo lo que soy!”

¡Qué fácil es venir y acercarnos a Él y robarle -como lo hizo la hemorroísa- la gracia de la sanación. Pero hay que venir como vino ella: con intrepidez, con osadía… y sobre todo: ¡con fe!

Ella pensaba que, con tocar el borde de su manto, iba a quedar curada, como así fue. Pero no la curó el hecho de tocar el borde de su manto, la curó su fe; la fe inquebrantable en el poder de Jesús para curarla. Y ella supo, ella sí que supo hacerlo bien: supo acercarse a Él y “robarle” la curación, “robarle” aquello que necesitaba. Y nosotros… no lo hacemos, muchas veces porque ni siquiera nos acercamos, no venimos a estar con Él. Y otras veces nos acercamos, estamos aquí, pero nuestra mente y nuestro corazón están lejos, no están del todo y para siempre con Él, dudan de Él y de su amor y su capacidad y deseo de curarnos.

Estamos con Él, estamos ante Él: que seamos capaces de acercarnos a Él, de tocar su Corazón y robarle la gracia como lo hizo ella, para quedar sanados de aquello que nos hace daño. Cada uno conoce su corazón, cada uno conoce su punto flaco, cada uno tiene su historia y, a lo largo de esa historia, todos acarreamos heridas, dolores, sufrimientos.

IMG-20190807-WA0087.jpgDice el relato evangélico que la hemorroísa llevaba doce años enferma y que ya había intentado de todo para que la curaran y nadie había podido hacerlo. A lo mejor en nuestras vidas pasa lo mismo: tenemos ahí una herida, una enfermedad, un dolor. Llevamos arrastrándolo muchos años, ya hemos intentado todo y sentimos que no, que no somos capaces, que no hay manera. Quizás nuestra mayor tentación en estos momentos sea el desaliento, la desesperanza, la desconfianza de ser sanados…

Jesús nos está llamando: “¡Venid! ¡Venid a Mí! ¡No busquéis en otras partes! ¡No dejéis que os engañen, que os maltraten, que jueguen con vosotros, que os alejen de la verdad, que os manipulen, que empeoren vuestros males…!” Es tan fácil venir a Él -¡es tan fácil…!- y tocarle: ¡tocarle con esa fe para robarle la gracia! ¡Poned los ojos en Jesús! ¡Poned los ojos en su Corazón! ¡Poned los ojos en Él y sabed y creed de verdad que en Él está la salud, en Él está la curación, la sanación de todos nuestros dolores, sean los que sean! De hecho, Él nos llama: “¡Venid a Mí. ¡Venid y Yo os aliviaré!”

Dice el Evangelio que “salía de Él una fuerza que sanaba a todos”. Esa fuerza sanadora sigue estando aquí presente en Jesús, en la Eucaristía, en su Cuerpo, en su Sangre, en su Alma, en su Divinidad, que están ahí en esa Hostia blanca. De Él viene la fuerza sanadora, la fuerza regeneradora, la fuerza redentora- que nos devuelve todo lo que habíamos perdido y nos devuelve la verdadera salud, la salud que es eterna. La enfermedad del pecado ha quedado sanada para siempre en Jesús, pero tenemos que venir y apropiarnos de la gracia, como hizo aquella mujer.

Y Él sabe, Él distingue… en su Corazón Él percibe cómo nos acercamos. Él sabe quién le besa por compromiso, quién le besa con toda el alma, quién le roza buscando algo, quién le toca con fe y le “roba” la gracia. No es indiferente a nuestra actitud, no es indiferente a nuestra manera de estar con Él.

El pasaje evangélico dice que, en medio de aquel gentío que le apretujaba por todos los lados, Él sintió que alguien le tocaba de manera diferente y tocaba con fe, le tocaba con esperanza y notó que de Él salía la gracia.

Y formuló la pregunta que más absurda podría parecer en este momento: “¿Quién me ha tocado?” -causando la extrañeza de todos los de alrededor- “¿Cómo preguntas eso si estamos apretujados por todas partes? ¡Pues cualquiera puede haberte tocado! Todos te estamos tocando y apretando…” “Ya… pero… ¿quién ha sido? ¿quién me ha tocado?”

Esta mujer, en medio de una multitud de gente que rodeaba a Jesús, gente que le rodeaba pero no le acompañaba, porque le oprimían… En medio de aquella multitud que le oprimía, ella se acerca a Él de una manera distinta al resto. Tan distinta, con una fe tan grande y tan viva, que le roba a Jesús la gracia, la fuerza que la sana, que le da la salud. Esta mujer, dice el relato evangélico que se acercó por detrás y se dijo: “si logro tocarle la orla del manto, me curaré, sé que seré curada.” Y así fue, porque como le dice Jesús, su fe IMG-20190305-WA0016.jpges la que la salva.

En el mundo, en la sociedad, incluso entre las personas que comparten nuestra fe, hay muchas personas que rodean a Jesús pero no están con Jesús, que le rodean e incluso son multitudes que le oprimen pero no creen en Él, no confían en Él. Que seamos nosotras esas almas intrépidas que, entre la multitud se acercan y le tocan pero de manera distinta al resto. De suerte que Él sienta que alguien le toca de manera diferente y le “roba”.

Pidamos la gracia de que cada vez que comulguemos, cada vez que le adoremos en la Eucaristía, cada vez que besemos una imagen o un crucifijo, conmovamos a Jesús y le hagamos preguntar: “¿Quién me está besando? ¿Quién me está tocando? ¿Quién ha sido? ¿Quién se ha acercado a Mí de esa manera diferente: con esa fe, con esa esperanza, con ese amor?”

Dice el relato evangélico que esta mujer se acercó por detrás y le tocó el manto. Yo hoy, a vosotros, os invito a acercaros por delante y no le toquéis el manto, no os conforméis con tocar el manto. Tenemos que ser audaces, intrépidos, y atrevernos a tocar su Corazón, a conmover su Corazón y robarle la salud, la curación, la sanación para nosotros. Cada uno para su dolor, para su llaga, para su enfermedad, para su flaqueza, para su herida… robarle de su Corazón, pero no un poquito para mí, sino robarle a espuertas para todo el mundo: para tantos y tantas que se acercan a nosotros doloridos, rotos, en medio de sufrimientos inmensos…

Acerquémonos a Él con una fe profunda, con un amor ardiente y no le toquemos la orla del manto, besemos su Corazón, adoremos su Corazón y robémosle la gracia. Él lo único que pide -porque está deseando que le robemos de esta manera- es que vayamos a Él. ¡Él está deseando darnos, deseando curarnos, está deseando aliviarnos pero dice: “¡Venid a Mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré!” Es necesario que vayamos a Él y depositemos en Él aquello que nos pesa, aquello que nos oprime, como un niño pequeño que llega a su madre y le dice: “mira, mamá, me duele”; con esa confianza absoluta de que su madre le va a aliviar ese dolor. No se le ocurre dudar de que su madre pueda aliviarle y entonces va a ella y le dice: “mira, ¡me duele aquí! ¡Me pasa esto…! ¡Quítame este dolor!”

Así tenemos que ir, pero de frente. De frente sin temor, mirándole a los Ojos, porque Él desea esa mirada nuestra para mostrarnos en sus Ojos cuánto nos quiere y cómo nos anhela y desea. ¡Cómo desea limpiarnos, curarnos, sanarnos, aliviarnos… cuánto desea hacernos felices, liberarnos de todo aquello que nos quita la paz y la alegría! Él conoce lo íntimo de nuestro ser, nada está oculto para Él. ¡No tengamos miedo por penosa que sea nuestra enfermedad, nuestro dolor, nuestra miseria! Él ya lo sabe, Él ya lo conoce… ¡Él lo sabe todo! Pero necesita que vayamos para podernos curar; necesita que vayamos a pedir perdón, sanación, gracia… para podernos dar. Por esto nos llama con los Brazos abiertos y el Corazón por delante.

¡No tengáis miedo de acercaros a Él! No os va a quitar nada y os va a dar todo. Todas las enfermedades, todas las lacras, quedarán curadas si vamos a Él.

¡Solamente Él puede sanar mi corazón! ¡Solamente Él puede curar todas mis dolencias! ¡Solamente Él puede satisfacer un corazón –mi corazón- que Él ha creado para amar y ser amado! ¡Solo Jesús! ¡Nadie más!

Démosle gracias por estar aquí y no errantes, despIMG-20190818-WA0026.jpgistados, perdidos por otros lugares. Démosle gracias por estar aquí con Él, por poder estar mirándole y por poder estar bajo su mirada y no tengamos nunca miedo a acercarnos a Jesús y anunciar la verdad, ¡nunca! ¡Solo Él es el Camino, la Verdad y la Vida! Que nunca nada ni nadie nos pueda apartar de Él, ni siquiera un poquito. Oremos mucho unos por otros para que permanezcamos en Él, en la fidelidad a este estar con Él. ¡Él es el único! ¡El único Camino, la única Paz, la única Verdad, la única Vida!

ORACION:

Señor Jesús: Solamente Tú puedes sanar mi egoísmo y mi dureza de corazón. Solamente Tú puedes curar todas mis dolencias. Enséñame a robarte la gracia que me restaura y me hace criatura nueva. Solamente Tú puedes satisfacer un corazón -mi corazón- que has creado para amar y ser amado. Amén

3 comentarios en “El Corazón de Jesús quiere sanarnos

  1. Muchas gracias hermana Olga!. Jesús es como un botiquín de primeros auxilios pero también un gran quirófano, ellos serían “el corazón de Jesús”, dentro encontramos los mejores médicos y las mejores medicinas que nos podrían curar para siempre pero nos rehusamos a acudir a Él, nos rehusamos a pedirle que cure nuestras llagas y nuestras heridas “porque es más fácil y cómodo vivir con la herida expuesta porque siempre tendremos algo de que lamentarnos”, si ocupáramos este tiempo en el Santísimo alabándolo no nos acordaríamos de los dolores y nuestra vida sería más plena y más santa. Gracias y saludos desde Mexico 🙏

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  2. Gracias Sr Jesús por darme la oportunidad de conocer a la madre Olga Maria. Gracias por tu amor.
    El miér., 21 de agosto de 2019 11:38 PM, Grita al mundo escribió:
    > Madre Olga María posted: “Se encontraba allí una mujer que desde hacía > doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho en manos de numerosos > médicos y gastado todos sus bienes sin resultado; al contrario, cada vez > estaba peor. Como había oído hablar de Jesús, se le acercó po” >

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