Un tiempo nuevo

Teresita desde muy niña tuvo grandes aspiraciones. Ella desde pequeñita dijo que quería ser una gran santa, se propuso serlo, y que quería arrastrar en pos de sí al mayor número de almas posibles. Creía en la realidad de la llamada de Nuestro Señor a todos los hombres: “Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto”. Y el perfecto abandono que ella vivió la instaló directamente en la entraña misma, en el corazón, del misterio de la Iglesia.

Ella era consciente, muy consciente, de ser parte del corazón de la Iglesia. Y era consciente de que estabas en un punto de la vida de  la Iglesia, el que le tocó vivir, en que se había acabado una era y había empezIMG-20180814-WA0119.jpgado una etapa nueva.

Era la hora de la santidad para todos y una hora de la que no podemos escapar nadie… la hora de la sed acuciante del agua viva, y mucho menos menospreciar la realidad que nos rodea, las cosas aparentemente vanas que nos rodean. Ella decía que no había que despreciarlas, sino servirse de ellas para saltar hacia las realidades que no pasan. De las cosas que pasan saltar hacia las que no pasan.

Es la hora en que tienen la palabra los verdaderos amantes de Dios, porque se trata de dar a Dios al mundo, y esta hora es ahora, no ha pasado todavía, de dar al mundo a Dios. Hay que entregar a Dios al mundo actual, porque tiene necesidad de que se lo entreguemos a aunque ellos no lo sepan. Y Dios está esperando que le devolvamos este mundo a Él, porque está alejado de Él. Tenemos que entregar este mundo a Dios.

Y esta tarea ingente solamente la pueden realizar los que han identificado su vida, su existencia, con la de Jesucristo mediador. Los que tienen el horizonte lo bastante amplio y lo suficientemente recto -cuando digo recto quiero decir sencillo, limpio, transparente…- para acoger a Dios sin engañar a los hombres y para asumir a los hombres sin traicionar a Dios.

Esto Teresita lo entendió muy bien y lo vivió. Hay que asumir a Dios sin engañar a los hombres. ¿Qué quiere decir esto? Hay que abrazar a Dios, todo el misterio de Dios, sin alejarnos de los hombres. Porque el misterio de Dios, el misterio cristiano, si es verdadero, no nos puede ni aislar ni alejar de los hombres. No nos puede deshumanizar. Que a veces uno de los errores que hemos cometido en la Iglesia ha sido deshumanizar la fe, y ese es un error de base porque nada que no sea humano puede ser cristiano. Todo lo que es cristiano es humano. ¿Por qué? Porque el cristianismo es la religión del Hombre-Dios, que es Jesucristo. Entonces… todo lo que es cristiano es profundamente humano, y nada que no sea profundamente humano, entrañablemente humano, puede ser cristiano.

Y muchas veces en nuestro deseo de abrazar el misterio de Dios -incluso en la Iglesia se ha producido este error- de abrazar a Dios y la ley de Dios yIMG-20180814-WA0116.jpg las cosas de Dios nos hemos alejado de la humanidad, de lo humano, del dolor humano, de la fragilidad humana, del pecado, que también es humano…

Hay que aborrecer el pecado pero no ignorarlo. Hay que aborrecerlo, rechazarlo, luchar contra él, pero luchar contra él no significa ignorarlo. Porque un puchero, cuanto más se tapa… ¡más hierve! Hay que levantar la tapa, hay que descubrirlo, para que pierda fuerza el hervor y retirarlo del fuego en la medida de lo posible.

Pero lo primero… levantar la tapa: si nos empeñamos en aislarnos del mal -en el sentido de ignorarlo- nunca lo vamos a combatir. Jesús no hizo eso. Jesús, que es el que de verdad tiene el corazón teologal y es nuestro ideal y nuestra meta -porque siempre convergemos en el mismo punto: el Corazón de Jesús- estuvo siempre en contacto con los pecadores y con el mal de los hombres, repudiando el mal, odiando el mal, combatiendo el mal, pero sin hacer ascos a nadie, sin hacer aspavientos ante el mal. Siendo claro, sencillo, sincero, sin negar la realidad. Nunca pactando con el mal, pero nunca discriminado a nadie por su mal.

Tenemos el caso de los leprosos. El pecado es una lepra. Una lepra del espíritu, una lepra del alma, una lepra del corazón. ¿Contagioso? Sí, como la lepra. Pero la lepra no se contagia al primer contacto físico. Hace falta un contacto muy continuado para que uno se contagie de la lepra. Porque si tú estás un rato con un leproso es prácticamente nula la posibilidad de contagio. Tienes que convivir largamente con el leproso, estrechamente con él, para contraer la enfermedad.

Con relación al pecado es igual. No tenemos que tener miedo a estar en contacto con quien peca, con quien es pecador. El pecado no se nos va a contagiar así como así. No hay que hacer ascos, no hay que volver la cara al pecador.

El pecado hay que odiarlo siempre, como Dios lo odia. Pero el pecador, el que comete el pecado, el que lleva sobre sí esa lacra, esa enfermedad… merece todo nuestro amor y merece que salgamos a su encuentro y que tratemos de curarle. Porque Jesús ha venido a buscar a “esos”, no a los que están sanos, y salir a su encIMG-20180814-WA0117.jpguentro con paz y dulzura, con mansedumbre, con misericordia… porque el que sale al encuentro con misericordia no condena. Se abstienen de condenar, que es lo que se nos ha mandado. Aborrece con toda su fuerza, con todo su ser, el pecado, pero sigue buscando al pecador. No tiene miedo a tener contacto con él. Porque el pecado no entra en mí si yo no quiero, y el corazón teologal es ese: es un corazón semejante al de Dios.

El corazón teologal, poseído por Dios, acoge todo el misterio. Acoge la humanidad sin traicionar a Dios. A todos los hombres, sin traicionar a Dios. Y entrega y abraza a Dios sin traicionar a los hombres. Esto es difícil: requiere un equilibrio, requiere una cosa que se llama… santidad. Los santos son así. Han acogido todo el misterio de Dios -por eso son santos- pero no han traicionado a los hombres, no se han alejado de los hombres. Y si se han alejado de los hombres… es que no son santos.

Y viceversa: al tener cerca de los hombres, rozas su mal, convives con él, lo rozas, lo palpas, lo hueles… pero no entra en tu interior. No lo haces tuyo. No traicionas a Dios. Ese es el corazón teologal y a eso nos lleva el caminito.

2 comentarios en “Un tiempo nuevo

  1. Está reflexión me trae a la mente una frase de nuestro fundador, el P. Menor: “santidad, gran santidad!, creciente e ininterrumpida santidad!”

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  2. Gracias por esta reflexion,M.Olga.Acabo de leer la Enciclica del Papa Francisco sobre la Santidad en la vida ordinaria. A la luz de las Bienaventuranzas y junto con el Caminito que nos propone Santa Teresita del Niño Jesus, me ha quedado claro por dnde tirar.Sus reflexiones siempre me ayudan,Madre.Gracias por hacer tan buen uso de las redes sociales.

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