Purificar la intención

Ocupaciones humanas, búsquedas humanas… todo esto no es Dios, y sólo Dios nos importa; que no se nos olvide que vamos por un camino en el que vamos buscando a “sólo Dios”, y todo lo que no es Jesús no es nada. Y todo lo que no es Dios no nos importa o nos importa muy poco. Y si algo nos importa nos importa por Dios y en Dios. Y si no, no nos debe importar.

Y si nos importa, estamos perdiendo el tiempo y las energías, miserablemente. Teresita nos urgía hacia El a través de todo lo exterior y en medio de las trampas tendidas por la naturaleza. Sobre todo, quiere que el alma se aficione únicamente a Dios, y que el renunciamiento cristalice en pureza de intención. Esto es muy importante. Renunciar por renunciar… no.IMG-20180430-WA0028.jpg

Os lo llevo diciendo desde el principio: se trata de renunciar para purificar la intención. Purificar la intención es eso de hacer las cosas por Dios: ¿Por qué estoy haciendo yo esto? ¿Para qué quiero yo esto? ¿Con qué intención pretendo yo aquello? Una intención pura, que busque en todo sólo a Dios.

Hay veces que te dice la gente:

– Bueno, pero es que vivimos en el siglo XXI y claro, en el mundo hay muchas cosas que yo no sé…

Pues mira cual es tú intención. ¿Es malo que yo vaya a aprender tal cosa? Pues no es ni bueno ni malo. ¿Con qué intención quieres aprender eso? ¿Para qué, con qué fin? ¿Por Dios, buscando al final a Dios?

– No, es que lo quiero hacer porque a mi marido le gusta.

– Bueno, ya, pero si estás buscando dar gusto a tu marido, está buscando amarle a él y a Dios en él, luego es una intención buena, recta.

– No, es que voy por que me gusta, porque me apetece: yo, mí, me conmigo…

Cuando es todo muy reflexivo, muy hacia mí es cuando más tenemos que recelar.

Con esto no estoy diciendo que tengamos que vivir como los extraterrestres, sino con los pies bien en el suelo, pero intentando ver si, cuando yo busco algo, busco de verdad a Dios, o busco alegríami gusto, mi satisfacción, y dar cancha a mi egoísmo. Eso es lo que tenemos que mirar.

Sin agobios, sin angustias, sin sofocones… pero con mucha honestidad, con mucha sinceridad: ¿qué pretendo yo al hacer esto? ¿Qué pretendo yo al dar esta charla? ¿Por qué lo hago? Porque me gusta, porque me lo paso bien, porque digan que qué estupenda, que qué bien lo hago, por ponerme una medalla… o por Dios, por dar a conocer algo que lleve a Dios. Porque todas las otras intenciones se pueden colar.

Y si en algún momento alguna intención se cuela, que se puede colar cuando estás haciendo las cosas muy bien y con muy buena intención y de repente viene el demonio, que es un tipo muy listo y te cruza una intención que no era… Si se te cruza una intención que no es, o de repente yo sintiera:

– Jo, qué estupenda soy, que bien lo hago, has visto qué bien lo he hecho hasta ahora, cómo ha quedado.

Pues tengo la capacidad de decir:

– Pues eso no es recto.

Rectifico, quito toda esa paja que se me ha podido colar y vuelvo a centrar mi intención pura en Dios. Y esto nos pasa en el trabajo, nos pasa en miles de cosas en el día a día.

– Es que nos vamos a obsesionar y nos volveremos unos maniáticos.

– No. Es crear un hábito. Un modo de vivir.

Al principio se nos van a seguir colando muchas cosas, pero tenemos que acostumbrarnos a vivir de esa manera. Una cosa tan simple como por ejemplo comer. ¿Por qué voy a comer esto? Porque está muy bueno, porque tengo ganas, porque tengo un hambre que me caigo. O… al contrario: como está incomible, porque… qué bazofia nos han hecho, no hay quien lo atraviese… no me lo como.

Pues eso tampoco es recto. Porque, si no me va a sentar mal, aunque no esté bueno, aunque no me agrade… yo me lo voy a comer, por una razón muy simple: porque cuando yo voy a comer o a cenar, IMG-20180505-WA0238.jpga desayunar, no voy a satisfacer mi apetito ni a darme gusto -aunque también de paso satisfago mi apetito, y si está bueno me doy gusto- voy porque Dios quiere que vaya, porque Dios quiere que sustente este cuerpo que Él me ha dado y lo tengo que sustentar alimentándome. Por eso voy a comer.

Un día de fiesta la comida es siempre más especial, y también la otra parte, de las que hacen la comida es hacerlo con la mejor intención, porque es Jesús quien viene a comer, y lo vamos a hacer lo mejor posible, porque no va a comer ni mi marido, ni mis hijos, ni mis monjas. Es Jesús quien viene, y a Jesús sirvo, a mi Dios, y entonces voy a cocinar con todo el esmero y lo voy a hacer lo mejor posible… Esa es la recta intención de quien guisa.

Y la recta intención del que se sienta a la mesa es: Sea como sea, es Dios quien me lo da y lo recibo porque Él quiere que sustente este cuerpo. Eso es rectificar la intención.

Eso no es ni ser ñoña ni ser rara, sino tener los pies en el suelo… Y si hoy es fiesta, me voy a dar un pequeño capricho, pero un pequeño capricho, pero no el capricho del siglo. Porque Dios quiere también. Porque Dios me da esos alicientes. Porque Dios es tan bueno que no ha hecho todos los alimentos iguales, sino que los ha hecho diversos para que disfrutemos también de ellos, porque es un Padre bondadoso. Pero lo que Él nos ha dado para el bien no podemos nosotros utilizarlo para el mal, para fomentar nuestro egoísmo, porque al final es el egoísmo que se cuela de una manera u otra: lo que no me gusta, que lo coma la de al lado.

Y el renunciamiento que Teresa nos propone es para llegar a esa pureza de intención. Teresa no tiene el menor escrúpulo en despojar a sus hermanas de sus rebúsquedas en apariencia más santas -a veces somos muy rebuscados-. A una novicia que deseaba recordar los pasajes de la escritura para nutrir su piedad le respondió: “Ah. ¿Quieres tener riquezas, tener posesiones? Apoyarse en ellas es apoyarse en un hierro candente, que deja una pequeña marca. Hay que apoyarse en la nada, ni siquiera en aquello que pueda ayudarnos a la piedad. La nada es la verdad. Es no tener ni deseo ni esperanza de gozos sensibles. Qué feliz y qué libre es una entonces.” San Juan de la Cruz cien por cien “traducido” por santa Teresa del Niño Jesús. Para darse del todo al todo, que es Dios, hay que negarse del todo en todo.

La misma pureza de intención tenía Teresita en la recepción de los sacramentos: “Yo me he ofrecido a Jesús no como una persona que desea recibir su visita por su propio consuelo, sino, por el contrario, para agradar al que se da a mí”. Qué bonito es eso: yo no comulgo para mi propio consuelo, sino porque Él se consuela viniendo a mí. Por eso comulgo.

Porque muchas veces te encuentras gente que dice: “No… es que comulgo y es un aburrimiento, es una aridez, una sequedad, no siento nada…” Pues bueno… Bienvenido al club de la aridez, somos mayoríIMG-20171204-WA0062.jpga. Y ¿qué?… Si tú no comulgas para recibir consuelo sino, si en un momento dado Dios te lo da, bendito sea El mil veces, y ojalá nos de muchos consuelos a todos, pero… no comulgamos para eso, ni por eso, sino porque Él se goza en darse a nosotros. Y con esa liberalidad, con esa generosidad le recibo, aunque muchas veces tenga que ejercitar la pura fe porque no siento nada. Pero sé que Él está ahí, sé que Él es feliz de venir a mí, y eso me basta. Creo que es Carlos de Foucauld el que dice: “Tu alegría, Jesús me basta”. Nos tiene que bastar la alegría de Él, si no… estamos siendo egoístas. Si yo estoy buscado mi propio consuelo, mi propia alegría, estoy siendo egoísta: lo que importa es la alegría de Él, el consuelo de Él, y ella tenía muy claro esto.

Le dice a otra novicia: “No tengas pena alguna por no sentir consuelo alguno en tus comuniones. Es una prueba que hay que soportar con amor”. Con amor quiere decir… no con sentimiento, sino con dulzura, con mansedumbre, con paz, creyendo en el amor de Dios en ese momento. Es una prueba, sí, pero hay que soportarla con amor. Y no tener pena por ello, porque ese no es motivo de tristeza. El único motivo de tristeza verdadero es la ofensa a Dios, la infidelidad a Dios. Lo demás… puedes tener sentimiento de pena, pero no importa. Si tú estás en su gracia, tú le estás proporcionando alegría a Él, tu sentimiento de pena no importa. La verdad es esa alegría de Él, y su gracia, que vale más que la vida. El tener pena o no tener pena, en el fondo es estar mirándose uno a sí mismo. ¿Qué siento yo? Cuando lo que importa es: ¿Qué siente Él? Qué siente Jesús.

Llevando de esta manera el renunciamiento hasta en sus relaciones con Dios, Teresa prepara las almas a una vida espiritual auténtica. Su gran cuidado es hacer desaparecer todo lo humano ante el Señor, apoyándose para esto en el deseo ardiente que de Él tienen las hermanas.

2 comentarios en “Purificar la intención

  1. “Tu alegría, Jesús me basta”En el camino de nuestro día a día,nuestro objetivo es ese:Que El esté contento con mis andanzas por la vida.Que resbalo ,tropiezo ,me caigo, sí ,cada día ,pero en la confianza,que El está a mi lado y me cuida y protege.🙏❤️

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  2. La comunión entonces es dejar que Dios entre en mi y haga su palabra?
    El sáb, 5 de mayo de 2018 12:58 PM, Grita al mundo escribió:
    > Madre Olga María posted: “Ocupaciones humanas, búsquedas humanas… todo > esto no es Dios, y sólo Dios nos importa; que no se nos olvide que vamos > por un camino en el que vamos buscando a “sólo Dios”, y todo lo que no es > Jesús no es nada. Y todo lo que no es Dios no nos importa o nos” >

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