¿Cómo no creer en Dios?

I Domingo de Cuaresma, solemnidad 

  • Dt 26, 4-10: Profesión de fe del pueblo escogido.
  • Sal 90: Estate conmigo, Señor, en la tribulación.
  • Rm 10, 8-13: Profesión de fe del que cree en Jesucristo.
  • Lc 4, 1-13: El Espíritu lo fue llevando por el desierto, mientras era tentado.

 

Reflexión: El Señor nos ha rescatado y nos ha librado de la esclavitud de nuestro pecado. Nos ha sacado del Egipto de nuestro pecado, del mal, y nos ha conducido a una tierra “que mana leche y miel”, la tierra del Corazón de Cristo. El Corazón de Jesús es esa tierra bendita “que mana leche y miel”.

Él es nuestro Refugio, nuestro Alcázar, nuestro Dios… ¿cómo no confiar en Él? Sabemos y creemos firmemente que a su lado nada malo nos puede suceder y que, lo que aparentemente es malo, al final Él siempre lo transforma en un bien.

Dios nos cuida con solicitud amorosa y ternura paternal, hasta el punto de que “a sus ángeles ha dado órdenes, para que te guarden en sus caminos”. ¡Qué descanso saber que “me lleva en sus palmas, para que mi pie no tropiece en la piedra”!

¡Qué gozada confiar y descansar en su Corazón! wp-1455202308587.jpgY qué serenidad y confianza oír a Dios pronunciar: “lo protegeré porque conoce mi Nombre, me invocará y lo escucharé… lo defenderé, lo glorificaré”.

Y qué grande saber que “si mis labios profesan que Jesús es el Señor y mi corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos me salvaré”. Con solo invocar el Nombre del Señor nos salvaremos. ¿Cómo no confiar en Dios?

El Espíritu llevó a Jesús al desierto. Es importante que tengamos en cuenta que fue el Espíritu quién lo condujo, no fue por su iniciativa y fue “para ser tentado”.
Luego dejemos de lado, de una vez por todas, la idea de que una tentación es –necesariamente- algo malo.

Una tentación es, simplemente, una tentación: ni buena ni mala. Es mala si caes en ella y ofendes a Dios. Pero puede ser  buenísima, porque te brinda la oportunidad de elegir a Jesús cada vez. Te permite profesar tu amor a Dios sobre todas las cosas. En ese aspecto, podemos servirnos de la tentación como de un trampolín para llegar muy alto.

Oración: Señor, no importa cuál sea mi viaje y adonde me vas a llevar si puedo ir Contigo… No me importan las dificultades, porque Tú me vas a llevar en tus palmas. Sólo te ruego, como Tú me enseñaste, que no me dejes nunca caer en la tentación. Amén.

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