¿Con Jesús o contra Jesús?

En el capítulo 12 del evangelio de Mateo se nos narra lo siguiente:

“Le acercaron entonces un endemoniado ciego y mudo. Jesús lo curó; y el paciente recobró la vista y el habla. Toda la multitud decía asombrada:

         – ¿No será éste el Hijo de David?

         Pero los fariseos, al oír esto, le dijeron:

         – Si éste echa los demonios no es más que con el poder de Belcebú, el jefe de los demonios.

         Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:

         – Todo reino dividido quedará asolado, y ninguna ciudad o familia dividida podrá mantenerse en pie. Si Satanás echa a Satanás, es que se ha enfrentado consigo mismo; entonces, ¿cómo podrá mantenerse en pie su reinado?

         Además, si yo echo los demonios con poder de Belcebú, vuestros adeptos ¿con poder de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces.

En cambio, si yo echo los demonios con el Espíritu de Dios, señal que el reinado de Dios os ha dado alcance. ¿Cómo podrá uno meterse en casa de un hombre fuerte y bien armado, y arramblar con todo su ajuar, si primero no lo inmoviliza? Entonces sí podrá arramblar con toda la casa.

El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama. Por eso os digo: A los hombres se les podrá perdonar cualquier pecado o blasfemia, pero la blasfemia contra el Espíritu no tendrá perdón.” (Mt 12, 22-31)

christ-divine-redeemer-simon-dewey-399x560En este relato se nos cuenta como le traen a Jesús personas enfermas y Él las cura. Él las cura, pero no las cura como un médico. No cura simplemente los cuerpos, no regenera simplemente la salud física con una fuerza milagrosa; sino que Jesús, en la enfermedad del cuerpo o enfermedad del alma, percibe claramente la presencia de un poder maligno, de modo que, en este caso y en otros casos que narran el Evangelio, la enfermedad física no es más que la consecuencia de la posesión del maligno. Y Jesús se dirige contra el maligno y lo expulsa con la fuerza del Espíritu de Dios; por eso a continuación desaparece la enfermedad física. (Cf. R. Guardini, ‘El Señor’ – p. 155)

Lo más importante de todo esto es que nos quede clara una realidad que hoy día todo el mundo se empeña en ocultar y en tergiversar o deformar, y es que tenemos que tomar una postura, una postura firme, decidida y definitiva: con Jesús o contra Jesús. No existe la posibilidad de sin Jesús. Él lo dice y su palabra es verdad, no hay más que dos opciones: con Jesús o contra Jesús.

No escoger a Jesús no significa simplemente prescindir de Él, significa oponerse a Él. No significa simplemente rechazar a Jesús, significa escoger a su contrario. Y su contrario existe y es un ser personal, aunque muchos se empeñan hoy en negarlo. Y este ser personal, Satanás, está muy interesado en que lo neguemos para poder manipularnos más y mejor. No escoger a Jesús -suena muy fuerte, pero es verdad, porque lo dice el Evangelio- significa estar escogiendo a Satanás.

“Adorar al Padre en espíritu y verdad” implica también esto: escoger a Jesús y rechazar a Satanás. No pueden existir adoradores en espíritu y verdad que sean ambiguos. En otros casos, puede ser que quepa, aquí no: ¡el ambiguo ya ha hecho una opción! El ambiguo no es uno que no sabemos qué piensa, ni qué ha decidido… ¡el ambiguo ha escogido a Satanás, porque no ha escogido a Jesús! ¡¡Y no hay más posibilidades!!

Lo dice el Señor con contundencia: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.” No hay que interpretar el Evangelio. Hay que asumirlo y hay que vivirlo.

¿Escogemos a Jesús, a nuestro Dios, que un Dios personal; o escogemos su contrario, su enemigo frontal y eterno, que también es un ser personal, que es el demonio o Satanás o como le queramos llamar?

Messiah-500Jesús sabe -y de hecho lo hace- que tiene que luchar contra el poder satánico y que esto es parte esencial de su misión mesiánica y tiene conciencia de ello, para eso ha venido (Cf. Ibíd., p. 156).

Y quienes somos cristianos y seguimos a Jesús participamos de esa lucha. No nos queda otro remedio: no sirve tolerarlo o esquivarlo, ¡hay que luchar contra él! Muchas veces la lucha no consiste en hacer nada, sino en permanecer con Jesús, en permanecer fiel junto a Él, en tener la valentía y la osadía de llevar la cruz, de adorarla, de besarla, de ostentarla sin temor, sin pudor, sin vergüenza, sin ningún tipo de complejo. Esto es luchar claramente contra el mal y sobre todo contra el Maligno.

Aquí también hay que aclarar una cosa sobre lo que acabo de decir. Una cosa es el mal y otra es el Maligno. Jesús tiene conciencia clara de esto. Los cristianos muchas veces no tenemos conciencia clara de esto.

Romano Guardini dice: “para Jesús no solo existe la posibilidad del mal que deriva de la libertad del hombre, ni la mera inclinación al mal, que procede del pecado del individuo y de la especie humana, sino que existe un poder personalizado que produce sistemáticamente el mal. No es que sólo quiera valores en sí buenos… sino que pretende el mal en sí mismo con una intención aviesa”, clara. “Hay alguien –¡¡y Jesús lo sabe!!- que se declara abiertamente contra Dios, expresamente contra Dios”. (Cf. Ibíd.)

¡Y no podemos ignorar esto! ¡Y no podemos mirar hacia el otro lado y decir que “a nosotras, eso no nos afecta…”! Se declara abiertamente contra Dios y contra todos los que son de Dios. Y nosotras, si somos de Dios, nos tenemos que declarar abiertamente contra él, contra ese alguien concreto.

“Ese alguien, que se declara expresamente contra Dios, quiere quitarle a Dios el mundo de las manos. Quiere quebrantar al propio Dios”, se atreve a tentar al propio Dios. Pero como Dios es el Todopoderoso y es el Sumo Bien, solamente puede alejar, puede arrancar al mundo de las manos de Dios, si logra arrastrarlo a un estado de tibieza, de alejamiento, de ruina (Cf. Ibíd.). Y ese es el principal quehacer del demonio.

“Y a esa actuación del Maligno se refiere la Escritura cuando dice que Satanás produce esas tinieblas que no acogen la luz que viene de Dios. Satanás es quien seduce al hombre; quién busca la muerte del hombre. Juan dice que es ‘homicida desde el principio’ (Jn 8, 44). Según la Escritura, Satanás es príncipe de un ‘reino’. Y él establece un orden orientado hacia el mal, en el que el corazón del hombre, su espíritu, sus obras e iniciativas, sus relaciones recíprocas… -¡¡todo!!- va orientado al mal.” (Cf. Ibíd.)

El evangelista Juan nos presenta con frecuencia a Satanás con pretensiones de erigir un reino opuesto al Reino de Dios. Y esto no tiene nada que ver –dice Romano Guardini- con lo que imaginamos cuando hablamos de un ‘polo opuesto’ a Dios; de las tinieblas que se opondrían contra la luz; del mal que lucharía contra el bien… Esas ideas no solo no son cristianas sino que por lo demás son casi siempre extremadamente frívolas. Dios no tiene ningún polo opuesto, vive por Sí mismo y es pura santidad y libertad, y se basta a Sí mismo. Sólo Él es verdaderamente el que es; y ‘junto’ a Él o ‘frente’ a Él, no hay nada. Satanás no es ningún principio ni un poder primordial, sino una criatura caída y rebelde que odia a Dios y que quiere erigir contra Él un reino de apariencias y de caos. (Cf. Ibíd., p.157)

Satanás tiene mucho poder, pero solamente lo tiene por una razón: porque el hombre ha pecado. Contra el corazón que permanece en la verdad y en la humildad, Satanás es absolutamente impotente,” (Cf. Ibíd.).  ¡No tiene nada que hacer!

El pecado, la desobediencia, la soberbia son la fuerza de Satanás. Mi pecado, mi desobediencia, mi soberbia le hace fuerte contra mí. Si yo permanezco en la gracia de Dios, en la obediencia pura y absoluta a Dios, y en la humildad, Satanás no puede hacerme absolutamente nada, queda impotente, anulado.

Por eso, la mujer más perfecta, la “Llena de Gracia”, la absolutamente obediente y la totalmente humilde, aplastó su cabeza, ¡le venció! Si ahora mismo Satanás campea tranquilamente por el mundo, es por el pecado, por la falta de obediencia a Dios y por la soberbia.

Y esto, él se encarga muy bien de que no nos enteremos de ello y de que nadie… -incluso dentro de la Iglesia-, ¡nadie nos lo diga!, ¡nadie nos lo anuncie!, ¡nadie nos lo cuente para que sigamos en le error, en la soberbia, en el pecado, en la desobediencia, y él siga dominando!

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“El poder de Satanás llega hasta donde llega el pecado del hombre y durará hasta el día del juicio. Su poder es largo en sí, porque cada instante de mal es terriblemente largo para el hombre expuesto al peligro; pero es muy corto frente a la eternidad. El Apocalipsis (Ap 3, 11; 22, 7) dice que ‘pronto’ pasará” (Cf. Ibíd.).

“Y Jesús sabe perfectamente, tiene conciencia clara de que ha sido enviado contra Satanás. Jesús tiene que iluminar con la verdad de Dios las tinieblas que aquel ha producido, reducir con el amor de Dios la convulsión del egoísmo y la rigidez del odio, superar con la fuera creadora de Dios la devastación operada por el mal, disipar con su sagrada pureza la impureza que Satanás produce en la persona sensible. Por eso Jesús lucha contra el espíritu maligno; quiere entrar en las almas desconcertadas de los hombres, para iluminar su conciencia, despertar su corazón y liberar las fuerzas del bien.” (Cf. Ibíd., p. 157)

“Pero Satanás resiste; incluso ataca. La tentación en el desierto es ya un ataque de este tipo, que intenta arrastrar a Jesús a una concepción vil de su misión, y reducir su voluntad redentora al puro egoísmo (Mt 4, 1-11). Satanás suscita el escándalo en el corazón del hombre y hace que se irrite. Obtura su mente para que no acoja el mensaje, produce en él un engaño interior, en virtud del cual y so pretexto de velar pro le honor y el orden de Dios, se enfrenta con el Hijo. Y consigue que en la hora de infinitas posibilidades suceda lo incomprensible: que el destinatario de la antigua alianza se niegue a creer, e incluso que arremeta contra el enviado de Dios, lo pisotee” y le dé muerte (Cf. Ibíd., 157-158).

“Jesús, en cambio, permanece imperturbable y mantiene en pie la redención con absoluta claridad. Jesús no se deja intimidar por ningún adversario. No minimiza el mensaje ni una brizna. No deja que el odio lo arrastre a un odio más intenso, ni la violencia de un espíritu de violencia a una violencia mayor, ni la astucia a una inteligencia perversa, sino que anuncia impertérrito el mensaje de Dios, el reino de Dios. Satanás no puede vencer a Jesús en lo esencial; por eso intenta destruirlo en su humanidad (Cf. Ibíd., p. 158).

del-parson-10Por eso hoy día intenta tapar, ocultar, abortar cualquier intento de anunciar la humanidad de Jesús, ¡odia la humanidad de Jesús con toda su capacidad de odiar! Y la capacidad de odiar de Satanás es inmensa, casi infinita.

El mayor enemigo de Satanás no es Dios en sí. ¡Dios no es enemigo de nadie! ¡¡¡Es la carne de Jesús!!! ¡Odia la Humanidad de Jesús con todo su ser!, porque esa Carne Sacratísima de Jesús le ha vencido. Y le ha vencido siendo Hombre, con lo cual la humillación es mayor porque él es un angel y el odio mucho mayor. Odia a Dios pero, de manera especial, odia al Verbo Encarnado, odia a Jesús.

Y a la luz de esta realidad, ¡se comprenden tantas cosas…!

“Satanás no puede vencer a Jesús en lo esencial; por eso intenta destruirlo en su humanidad. Y eso es lo que nos trae la redención. Jesús ve que con sus fuerzas naturales no puede deshacer tal endurecimiento. Aquí Jesús es ‘débil’. El amor, la gracia, ‘la luz, que era la vida del hombre’ (Jn 1, 4), no ‘pueden’ imponerse. Por eso, la actitud del redentor se eleva a la incomprensible grandeza del sacrificio; Jesús acepta voluntariamente su inmolación y la convierte en expiación.  Y lo que debería ser un instrumento de aniquilación, se convierte -por la voluntad libre de Jesús- en redención” (Cf. Ibíd.).

“Esta lucha tan enconada -de Jesús y Satanás- es lo que palpita bajo la trama exterior de los discursos, las curaciones y las enseñanzas de Jesús. Por debajo de su enfrentamiento con los adversarios visibles, tienen lugar esta otra lucha escondida, tremenda, difícil de comprender y de percibir para el hombre. Jesús se entrega a esa lucha con toda la energía de su espíritu, con todo el empeño de su Corazón, con una fuerza que nos resulta incomprensible. Y aquí, Jesús está completamente solo ante el adversario” (Cf. Ibíd., p 158-159).

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