Quebrándome…

 

¡María de Betania es la mujer que mejor encarna mi ideal de vida, mi ideal de esposa, mi ideal de mujer entregada, mi ideal de mujer enamorada! Y supongo que por eso -porque siempre ese pasaje evangélico ha tenido resonancias profundas en mi corazón- compuse esta canción, “Quebrándome”, intentando reflejar los sentimientos que me embargan cuando contemplo ese pasaje y los deseos de hacer vida en mí aquello que hizo María en Betania: romperme, quebrarme, derramarme… sin otra utilidad que la de agradar a Jesús, obsequiar a Jesús, estar con Jesús, confortarle.

image-1eebb82f64e011d914d185def31ebb31-forgivenCuando leo y releo el pasaje de la Unción de Betania en los diferentes Evangelios, en mi corazón suceden detrás de otros sentimientos variados, pero el sentimiento más fuerte además del deseo de imitar a esa mujer, el sentimiento que más hondamente brota en mi corazón cuando contemplo esta Unción en Betania -¡esto es una confidencia!, porque nunca se lo he dicho a nadie-  es el de la gratitud. Yo no sé si alguna vez habéis dado gracias a Dios por ser mujeres; yo sí, muchas veces. Y cada vez que leo este pasaje, el sentimiento que me brota es el de dar gracias a Dios porque me ha creado como soy y porque me ha creado mujer.

Cuando muchas veces –y esto os habrá pasado también– escuchas el rollo típico de que “¿por qué las mujeres no pueden ser sacerdotes en la Iglesia? ¡Qué discriminación! ¡Qué bla-bla-bla-bla-bla…!” ese rollo consabido que ya a mí me aburre, se me viene a la mente como en un flash, inmediatamente, María en Betania ungiendo al Señor. Y ¿por qué? Pues, porque yo me doy cuenta de que ella hizo algo que nunca nadie más hizo y recibió de Jesús una alabanza que nunca nadie más recibió.

Ella quebró un frasco de un perfume precioso, de un perfume de nardo (el nardo es siempre figura que, en la Palabra de Dios, evoca la castidad, la virginidad, la pureza), era un perfume carísimo -el más caro- de las cosas más caras y más lujosas que había por entonces en Oriente. Ella tiene un frasco de alabastro (seguramente de alabastro, que es donde se conservaban los perfumes más exquisitos, más caros; el alabastro también es una piedra noble, hermosa, lujosa) y rompe, quiebra, ese frasco (porque el frasco era totalmente hermético, no tenía tapa y tapón como los entendemos nosotros aquí ahora), rompe esa especie de ampolla y, una vez que lo quiebra, derrama aquel ungüento perfumado sobre la cabeza y los pies de Jesús.

¿Por qué hace eso? ¿utilidad? Ninguna. De hecho es criticada porque está malgastando algo muy valioso para nada. Hay quien considera que eso que está haciendo es un derroche, es malgastar algo valioso… como que Jesús no merece que se le dedique un don tan valioso sin ninguna utilidad.

img_4018.jpgNuestras vidas consagradas contemplativas son ese frasco que contiene dentro un perfume valioso y que rompemos ese frasco para derramarlo sin ninguna utilidad. Ese frasco quebrado y derramado es la imagen del holocausto, es algo que se malgasta, que se derrama, que se destruye, que se rompe… sin ninguna utilidad.

No hacemos nada útil, nada digno de ser valorado en la sociedad, estamos derrochando la vida -y la vida es un don valioso- sin ninguna utilidad aparente, como aquel perfume que, a lo tonto, sin razón alguna, María derramó sobre Jesús.

Nuestra vida es igual: no sirve para nada, no hacemos nada, estamos derrochando y malgastando el don de nuestra vida “sin hacer nada útil” cuando se podía haber entregado nuestra vida a los pobres y la derramamos sobre Jesús solamente porque sí sin ninguna necesidad, sin ninguna utilidad. Y muchas veces nos ha tocado oír -al menos a mí me ha tocado- ese reproche: “hubiera sido mejor entregarlo a los pobres” como si Jesús no mereciera el mejor regalo. Por eso, el deseo que tantas veces he expresado en esta canción de romperme para Él, de quebrarme para Él, de no querer otra cosa más que entregar la vida a Él… porque Dios es tan grande que merece que se le entreguen los mejores dones sin ninguna otra utilidad.

vasoroto.jpg.jpgLa imagen del frasco que María de Betania rompe, para mí  siempre ha sido la imagen de la entrega de mi vida, que no la entrego para nada, para nada útil, se la entrego a Dios para agradarle a Él, para obsequiarle a Él, sin esperar recoger resultados; y siendo consciente de que muchas veces mi entrega no va a ser comprendida y va a ser criticada.

Y ese gesto de María en Betania, recibe  la alabanza más hermosa que Jesús ha hecho en el Evangelio: “Donde quiera que se anuncie el Evangelio se sabrá lo que ésta ha hecho”, eso lo profetiza Jesús. Y ¿por qué María hace eso? ¿Qué es lo que le mueve a hacer eso? Si no busca una utilidad, si no hay ningún fin práctico ¿porqué lo hace?

 María no tiene más que un móvil: el amor. María le ama, le ama con un corazón de mujer que Él ha creado para amar y ser amado, y con esa sensibilidad de onda con que Él ha dotado el corazón de las mujeres. Ella sabe comprender los sentimientos del Corazón de Jesús, sabe que le quedan muy pocos días porque Él lo ha anunciado pero los apóstoles no le han entendido. Ella sabe que quedan muy pocos días para que Jesús muera. Ella sabe que Jesús va a padecer, que Jesús va a morir, y comprende perfectamente los sentimientos que están encerrados en el Corazón de Él: los siente, los vive, participa de ellos… porque le ama y el amor la hace participante de todo lo que Él tiene en su Corazón. Y lo que le sale es consolarle, estar con Él, mostrarle amor, mostrarle cariño, mostrarle ternura… y tiene detalles de cariño, y tiene un detalle grande, un detalle notorio, que es ese perfume precioso.  Ese perfume carísimo derramarlo sobre Él, ungirle.. lo hace solamente para mostrar amor, no lo hace con ningún otro fin, solamente para mostrarle cómo ella le ama.

Es la gratuidad del gesto, es la gratuidad del don, es la gratuidad del amor, es la entrega de quien de verdad ama y no busca comprender ni busca nada que sea lógico porque -humanamente mirado- su gesto es vano, absurdo, y así lo entienden los apóstoles y así lo critica Judas; pero ella no busca comprender porque ella no se mueve por la lógica de la razón, ella se mueve por la gratuidad del don, por la gratuidad del amor. Ella no piensa, ella solamente ama; ella no juzga, ella no entiende -todo eso no le interesa- ella solamente quiere amar y mostrar amor, esa es su vida, y ese es su gesto osado y eso lo hace una mujer.

Yo he rastreado mucho el Evangelio y he visto que no hay uno solo pasaje evangélico -ni uno solo- en que Jesús llame a ninguna mujer. Ellas le siguen… pero Él no tiene que pararse a llamarlas como tiene que llamar a Pedro, a Mateo, como llama al joven rico… no. A ellas no las llama, no leemos que Jesús fuera expresamente a decir: “Oye, tú ven y sígueme.” ¡No! Ellas le ven e inmediatamente se enamoran de Él y le siguen. Le conocen, le ven, se encuentran con Él, quedan fascinadas, enamoradas de Él… y le siguen y Él no se vuelve a ver si le siguen o no, porque sabe que ellas le siguen, no tiene que estar continuamente llamándolas porque sabe que ellas van.

ximage-d55f20e7e24b593598a13f747fdfb449-LS00032_jpg_pagespeed_ic_yjcyDfdkjMEn la mañana de la Resurrección, cuando los apóstoles están encerrados en el Cenáculo muertos de miedo y sin saber qué hacer, ellas, las mujeres, son las que salen de su encierro y se van a ungir el Cuerpo de Jesús, a darle una sepultura más digna. Ellas son las que se atreven a salir, las que -como siempre- son intrépidas y audaces. Con esto no estoy diciendo nada en contra de los hombres, Dios me libre; pero doy gracias a Dios por ser mujer, por mi corazón de mujer, por mi sensibilidad de mujer, por mi capacidad de amar como mujer y porque -como cualquier mujer- tengo una resistencia mayor, una capacidad de aguantar más, de esperar más, de confiar más… y porque en mi debilidad, fruto de mi naturaleza de mujer, Dios se hace fuerte, Dios realiza su obra. ¡Yo doy gracias! Nunca me he sentido inferior a nadie, ni me he rebotado por nada, ni he pretendido aquello que Dios no quiere para mi, ni me he sentido menos que nadie por no poder  ser sacerdote, porque puedo amar a Dios con un corazón de mujer que Él reservó para la mujer y le amo de aquella  manera que Él quiere, que Él desea, que Él ansía para mí y que planeó desde toda la eternidad.

Y aquella mañana de Resurrección… es verdad que ellas salieron del Cenáculo para realizar una obra de misericordia, de piedad, un último gesto de cariño a un cadáver. Ellas no le esperaban vivo; es verdad que no le buscaban Resucitado, eso es cierto; pero su amor a Él fue más fuerte que el miedo y salieron de su encierro y por eso le vieron primero. Una vez más las mujeres fueron valientes como Verónica, como la hemorroísa, como María en Betania, como la mujer cananea que -aunque fue despedida en principio, diciéndole que “no se podía dar a los perros el pan de los hijos”- fue audaz e insistió y dejó maravillado a Jesús por su fe.

Creo que se puede afirmar  que nadie, salvando a su Madre, recibió de Jesús una alabanza más bonita que María en Betania: “allí donde se anuncie el Evangelio se sabrá lo que ésta ha hecho conmigo.” Ella comprendió lo que Jesús tenía en su Corazón y le demostró su amor por encima de todas las incomprensiones, de todas las críticas, de todas las censuras… ella no tuvo miedo a derrochar su vida, a malgastar su vida por Jesús, no tuvo respetos humanos, ni vergüenza, en prodigarse en detalles de cariño.

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