No paz, sino espada

Jesús dice: “si uno quiere ser de los míos y no me prefiere a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Quien no carga con su cruz y se viene detrás de mí, no puede ser discípulo mío.

Ahora bien, si un de vosotros querer construir una torre, ¿no se sienta primero a calcular sus gastos, a ver si tiene para terminarla? Para evitar que, si echa los cimientos y no pude acabarla, los mirones se pongan burlarse de él a coro diciendo: éste empezó a construir y no ha sido capaz de acabar. Y si un rey va a dar batalla a otro, ¿no se sienta primero a deliberar si le bastarán diez mil hombres para hacer frente al que viene contra él con veinte mil? Y si ve que no, cuando el otro está todavía lejos, le envía legados para pedir condiciones de paz” (Lc 14, 26-32).

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Leyendo este pasaje evangélico, vemos que la llamada de Jesús, lo que Él nos pide, “se pone aquí en conflicto con los vínculos más profundos y sentimentales del ser humano, con los vínculos familiares; con ‘todo’, incluso con el vínculo más sagrado que podamos tener, que es el de nuestra ‘propia vida’ ” (Cf. El Señor, Romano Guardini, p.233), el de propia conservación, que es el instinto básico del ser humano.

Jesús no nos dice que, si queremos seguirle, renunciemos al pecado. No le pide al hombre que se libere de lo que es malo, de lo que no es noble, de las malas personas… y que busque lo que es bueno, lo que es noble, las buenas personas… Jesús no le pide al hombre que ame con todo su corazón a su propia esposa, a sus propios hijos, a su propia familia. Jesús lo que exige es renunciar al bien por lo óptimo, renunciar a lo que ya es bueno, por lo que es inmejorable.

El seguimiento de Jesucristo no implica solamente renunciar al mal. Eso también lo hacían los judíos y, por supuesto, deben hacerlo los cristianos. Pero el que quiere seguir de cerca a Jesús, esto es opcional: “si alguien quiere venirse conmigo…” -luego da por hecho que no todos vamos a querer ir– al que quiere irse con Él, “lo que Jesús le pide es que renuncie a las realidades más próximas, más vivas, más valiosas por su causa” (Cf. Ibíd, p. 233)

Incluso llega a formular: el que no “odia todo esto por mi causa”, el que no aborrece todo esto por mi causa… Así que incluso a mí misma me tengo que “odiar o aborrecer por Jesús”. ¿Por qué? Porque entre mis valores Él es primero, debe de ser Él antes que yo misma. Jesús como prioridad absoluta: ese es el seguimiento de Jesucristo.

¿Qué significa todo esto? ¿Qué es lo que tenemos que odiar, en el sentido de aborrecer? Naturalmente odiamos a todo lo que se opone a nuestra vida: cualquier enemigo es aborrecido, es combatido, es odiado. La vida verdadera para mí es el seguimiento de Jesucristo, es Jesucristo: El es mi vida inseparable. Luego, todo aquello que me puede separar de Jesús, aunque sea una décima de milímetro, se convierte en enemigo si me aleja de Él.

En todo lo que nos rodea puede haber un enemigo, no solo en las cosas prohibidas, vulgares y malas, también en las buenas, en las grandes y en las bellas cosas hay un enemigo encerrado, que puede emerger y separarme de Jesús. Eso es lo que se llama “el mundo”: todo aquello que me separa de Jesús.

El mundo, lo mundano no es lo que está ahí afuera; eso -lo que está ahí afuera- es la creación de Dios y no es mala. Dios todo lo creó bueno y para el bien. Pero la creación se convierte en “mundo” cuando es iñpedimento para mi seguimiento de Jesús, obstáculo entre Él y yo. Y no hablo, repito, de la gracia de Dios y del pecado, eso por supuesto: se presupone; hablo del seguimiento estrecho a Él.

El “mundo” puede ser una persona, puede ser una circunstancia, puede ser un sentimiento, puede ser un objeto material, puede ser un deseo exagerado, desordenado… todo eso es el mundo. Si pone una barrera, aunque sea tenue, entre Jesús y yo.

Hay una cosa que no podemos dudar y que, aunque nos cueste afrontar, hemos de afrontarla y de asumirla, porque es una realidad. Yo no quiero que esto que estoy diciendo sea una fuente de zozobra ni de amargura, ni de agobio, ni de angustia… pero sí una fuente de verdad, porque la vida es extremadamente seria y no podemos jugar, ni perder el tiempo, ni  hacer tonterías.

Tan pronto como una persona toma la decisión firme y seria de seguir a Jesucristo, inmediatamente aparece el enemigo. Y no solo fuera, ¿eh?, sino principalmente dentro de uno mismo. Mientras el Reino de Dios y nuestro compromiso con Jesucristo sea una cosa razonable y no pase a mayores, no va a pasar nada, está oposición va a permanecer oculta. Pero en el punto y hora en que esa persona decida seguir a Jesucristo con todas las consecuencias y, en definitiva, decida ser santa y apueste claramente, no por la salvación, sino por la santidad, inmediatamente la oposición emerge con fuerza para ahogar esa determinación. Esa fuerza hará lo posible y lo imposible por que desistamos de la determinación tomada y nos alejemos de Jesús. Lo cual significa que escoger el seguimiento de Jesucristo con todas sus consecuencias supone siempre, siempre, siempre luchar, pelear. Y la principal lucha, la mayoría de las veces, es contra nosotros mismos.

Jesús ha “venido a traer no la paz, sino la espada” (Cf. Mt 10, 34b). La paz que Él nos quiere dar -la paz de la Pascua- solamente viene a nosotros después de la lucha. Él da la paz después de haber muerto y haber resucitado: “paz a vosotros” (Lc 24, 36b; Jn 20, 19. 26), “mi paz os dejo, mi paz os doy, pero no como el mundo os la da” (Jn 14, 27).  La paz que Jesús nos trae no es un narcótico que nos adormece, es la paz que viene después de la lucha por seguirle, pero primero es la espada.

Jesús lucha denodadamente por destruir la paz que consiste –dice Guardini- en la conformidad del mundo consigo mismo. “Mientras reflexionamos sobre todo esto, sentimos ya cómo esa inquietud invade nuestra vida desde la palabra de Jesús, que lógicamente nos cuestiona y nos interpela, y nos defendemos de ella, aunque sabemos que es justa. En este mundo desgarrado no hay demasiada concordia, pero hay una cosa en la que hay paz, a saber, en que cree bastarse a sí mismo.” (R. Guardini, El Señor, p. 235).

“Jesús pone en tela de juicio todo lo que, humanamente visto, parece natural. Se cuestiona hasta el derecho de los más próximos. Tan pronto como alguien abre su corazón a la inquietud que trae Cristo, se convierte en un ser incomprensible para los demás y en un motivo de escándalo” (Cf. Ibíd, p. 235).

Seguirle supone muchas veces, siempre en realidad, entrar en conflicto. Y el conflicto más difícil es el que nace en nosotros mismos. Solo nos queda una cosa: mirarle, cerrar los ojos y los oídos a nosotros mismos, a nuestra sensatez, e ir con Él, determinarnos a ir con Él,  “siquiera se hunda el mundo”, diría Santa Teresa. Y convencidos de que vamos a vivir simplemente con Jesús y Él nos tiene que bastar.

No hay “¿dónde?”, ni “¿cómo?”, ni “¿cuándo?”, ni “¿por cuánto tiempo?”… Todas esas preguntas no nos las van a responder, porque no hay respuesta. ¡Él no tiene donde reclinar la cabeza! Y Él es nuestro Hogar y nuestro Ttodo, en Él lo vamos a tener todo. Pero, para poder tener todo en Él, hay que renunciar a todo lo demás, incluidos nosotros mismos.

Hay que vivir sin hogar, en la indigencia más grande, en el despojo más absoluto, para que Él pueda ser nuestro Todo, nuestra Vida Inseparable. Y en Él -¡solo en Él!-, haremos morada, haremos hogar, reclinaremos nuestra cabeza.

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