¡¡Descálzate, Samaritana!!

Yo siempre he dicho que fui Carmelita Descalza y nunca he renegado de ello. El ir hacia una realidad nueva no me lleva a renegar de lo anterior: lo único que percibo con claridad, y no puedo dejar de verlo, y no puedo negarlo, es que el Señor nos está pidiendo a gritos un Carmelo nuevo según su Corazón, y en su día comprendí que también nos pide una descalcez nueva, según su Corazón.

La descalcez nueva. No me refiero a la descalcez material; ahí hay muchos factores: unas pueden, otras no pueden… lo que menos importa es llevar los pies al aire, o llevarlos con medias, o con zapatillas… cada una le entrega a Dios lo que puede. Y El sabe. No me estoy refiriendo a eso. Sino a que esa descalcez nueva la llenemos de sentido, la llenemos de El. Que no nos quedemos -que muchas veces desgraciadamente nos hemos quedado en eso- en considerar la descalcez como una cuestión ascética, de pura penitencia. Efectivamente, en determinados lugares, en determinados Carmelos -yo lo he vivido y lo he conocido- ir descalza es una penitencia. Y en ciertos meses del año es una penitencia casi insufrible. Y tiene un valor, ¡ojo! que yo no pretendo negar. Yo no estoy diciendo eso, ni estoy cuestionando si hay que seguir así o no hay que seguir así. No estoy cuestionando eso ahora. Lo que veo muy claro es que a esa descalcez y hay que darle el verdadero  sentido que tiene.

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Ir por el mundo y por la vida descalzas significa -así lo entiendo yo- ir libres, despojadas de todo, pisando la realidad con el pie descalzo para ser muy conscientes del mundo en que vivimos, del sufrimiento atroz que nos rodea en muchísimos seres humanos y algunos muy próximos. No podemos desentendernos de eso, sino que hay que pisar el suelo y sentir cómo es de áspero el suelo. Cuando fuimos a Gandía, hace ya unos cuantos años, tuve experiencia de eso y no lo he olvidado: estaba en Gandía en la playa, pisando la arena, y se nos llenaron los pies de agua y arena y yo no me quise poner las sandalias para llegar a casa, por no pringarlas. Y dije: “¡Bah! si sólo es cruzar un carretera y ya se llega al portal, pues vamos pisando el suelo”. ¡¡Sí!! ¡ya! En ese momento tuve conciencia clara de cómo se te clavan todas las cosas que hay en el suelo en la planta del pie, y me ha hecho pensar mucho eso porque en el fondo las sandalias -aunque parece que voy descalza- me aíslan de ese contacto y en realidad no voy descalza: no me entero, no siento lo que hay alrededor, lo sentí cuando me despojé de todo e intenté pisar el mundo como era. ¡Y menos mal que el trayecto era corto! Porque aquello resultaba bastante duro, bastante insufrible, bastante penoso… Y me hizo pensar mucho y he entendido que la descalcez que Dios nos pide es la descalcez interior, de poner el corazón así: junto al corazón de tantos seres humanos que sufren y sentir lo que a ellos les punza, lo que a ellos les duele, y hacerlo mío, y sentirlo como mío y -de la misma manera- cuando ya el corazón siente eso y va descalzo, se acerca al Corazón de Jesús y penetra en El y lleva todo eso a El y vive en El. Y Ahí también hay que entrar descalzas porque ese terreno es terreno sagrado.

Ese es el sentido de la descalcez que yo he comprendido para las Samaritanas; lo que entiendo de cómo la tenemos que vivir. Y creo que el Señor -al menos a mí- me lo pide así… Repito que todo esto lo sugiero, lo comparto, lo entrego porque se me ha dado.beneficios-de-andar-descalzo Y creo que no se me ha dado para mí sola, pero yo no obligo a nadie ¡Dios me libre! Simplemente comparto e invito.

Hay que vivir descalzas porque la descalcez es signo de pobreza. Y además es un signo de reverencia, esa reverencia que Dios pide, para estar en terreno sagrado. No podemos ponernos delante de Dios con quince impermeables y botas katiuskas, porque entonces nunca su Espíritu nos va a empapar. Nunca nos va poder calar, nunca va a poder ahondar en nosotras… ¡No! Hay que despojarse de todo. Y quedar ante El libres, descalzas, pobres, despojadas de todo, sin casa, sin tener dónde recostar la cabeza… Jesús no nos redimió vestido: fue despojado de todo, no sólo de las sandalias, sino de todas sus vestiduras, y -una vez despojado de todo- fue crucificado. Eso fue el amarnos hasta el extremo: cuando estuvo descalzo y desnudo, clavado a la Cruz, cosido a la Cruz y elevado sobre todos, así: expuesto, como le vemos normalmente en la custodia. Es la misma imagen, es el mismo Cuerpo: también en la Forma está desnudo. Cuando ya estuvo despojado de todo -sólo entonces- entregó la vida. Y murió. Y después de muerto, después de entregado el espíritu, nos dio el Corazón.

Al Corazón de Jesús no se puede llegar entre ropajes y vestiduras, sino desde la desnudez más absoluta. Cuando comulgamos también se nos entrega así: ¡Despojado de todo! ¡desnudo! Yo creo que no cabe anonadamiento más grande que el de Jesús en la Eucaristía. Nosotras que estamos continuamente manejando la oblea y vemos la simplicidad, la insignificancia, de lo que es un pedacito de oblea: harina y agua ¡nada más! bajo la apariencia más humilde. Y este es su Cuerpo. Así: en ese despojo total de todo, su Cuerpo se nos da cada día. Y así, en este despojo total de todo, lleva entregándose veintiún siglos. Y así: en un despojo similar, tenemos que vivir y tenemos que acercarnos a la Divinidad.

Yo he entendido que -solamente así- Dios puede apresarnos, adueñarse, de nosotras: si le dejamos libre y le quitamos todos los obstáculos, para que pueda arder en nosotras, para que pueda ser una Realidad, un Fuego, en nuestra vida. Y hacerse presente como en la Zarza. Y hacerle presente. Y entonces, cuando llegamos a ese despojo total, cuando vamos descalzas, cuando pisamos el lugar sagrado descalzas, despojadas de todo, es cuando ya ¡por fin! Dios, a través de la Zarza, a través de cada una de nosotras, se revela a Sí mismo y dice Quién es. Dice: “Yo Soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Pero para llegar a esa revelación de Dios a través de la Zarza, hay que dar los pasos anteriores que he dicho.

También es preciso “descalzarse” de nuestros conceptos, nuesta lógica y nuestras razones. Quitarse las sandalias de los pies es abrirse a la acción e Dios sin miedos y sin condiciones, dejándonos invadir por la Presencia y el Misterio. reflexologia-bebeNo podemos acercarnos a la Zarza para contemplar a Dios sin haber abandonado nuestro empeño de avanzar solos y calzados, nuestra absurda pretensión de “controlar” todo y de comprender todo… ¿no os habeis fijado que, “casualmemente”, los niños intentan descalzarse en cuanto los adultos se descuidan? Los zapatos les molestan y luchan por desembarazarse de ellos en cuanto pueden. Los adultos, sin embargo… van siempre muy bien calzados. Tengo la seguridad de que mis pies descalzos de niño pequeño son acariciados y mimados por el Padre.

Y bueno… si “conseguimos”, entre comillas -porque por nosotras mismas no vamos a conseguir nada- que Dios se revele al mundo, que Dios sea mostrado y anunciado al mundo sirviéndose de nuestra pobre nada  -pero que sea una nada que arde en la presencia de Dios, en la que Dios arde sin consumirse- creo sinceramente, que estamos de verdad cumpliendo la misión a la que somos llamadas las contemplativas en general y de manera particular nosotras. Puesto que -cada vez lo veo con más claridad- nuestra misión es mostrar a Dios al mundo, mostrar el amor de Dios al mundo.

7 comentarios en “¡¡Descálzate, Samaritana!!

  1. Valiosa reflexión.
    Me pregunto, cómo se concreta esa condición de estar descalzas en el día a día de las Carmelitas Samaritanas? Cómo se manifiesta esa novedad? Lo pregunto porque en apariencia la vida de las carmelitas samaritanas es igual a la vida de las carmelitas descalzas?

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  2. Despojarse cada uno de “sus sandalias” para dejar conocerte….es tan bonitooooo.
    Quiero despojarme Señor de todo lo que no es importante ni necesario para tí y llenarme sólo de lo que Tú tengas preparado para mí, para estar a tu lado y no alejarme jamas de tu vera.

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  3. He vuelto a releer el artículo “¡¡Descálzate, samaritana!!” y qué esencial es en la vida del cristiano ese ir trás Jesús descalzos y despojados… Me gusta M. Olga que lo desmenuce como lo hace, pues vemos claramente que no es cuestión de curas o monjas sino de cuántos deseamos seguir a Jesús, viviendo la Fe desde la realidad que nos rodea, sintiendo el dolor de tanto hermano que nos pide misericordia. Y también ese caminar despojándonos de tanto peso superficial que llevamos a nuestra espalda y que no nos permite acercarnos mas al Señor, que nos espera con los brazos abiertos.
    Hermosa reflexión sobre el sentido de la descalcez. Gracias, Madre.

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  4. Simplemente comparte e invita. Cuál es el resultado? Que la gente las quiere , las sigue ,las acompaña y seguimos sus consejos, vamos todo un lujo Samaritano.Gracias.Un abrazo.

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  5. “la descalces” qué bella expresión inspirada solo por la gracia de Dios para interiorizar la vida contemplativa con ojos limpios y gritarlo a todo pulmón en estos principios de S.XXI, felicitaciones Madre por compartir su intuición

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