Donar y perdonar

Dios ha encontrado su gloria no tanto en el hecho de ser amado cuanto en haber sido el primero en amar y debemos imitarle. Dios no se ha contentado con amarnos con un amor de beneficencia, con  un amor que nos hace cosas buenas, que nos hace el bien –eso es beneficencia, “bene-facere”, hacer el bien– Él no se ha contentado con eso sino que nos ha amado con un amor que le lleva a renunciarse, a abnegarse, a hacerse impotente y pequeño.

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Llega para nosotros el día en que no basta donar, hay que perdonar. ¡Donar es fácil! No se trata ya de hacer regalos sino que hay que regalarse uno a sí mismo como lo ha hecho Él, aunque sea necesario sufrir por la persona amada y por la opción realizada; pero hay que entregarse a sí mismo, no vale entregar otra cosa, ningún regalo es suficiente si no es el regalo de darse uno a sí mismo. Es muy fácil dar lo que no es propio o lo que está fuera de mí. Lo difícil es dar mi interioridad, dar mi vida, darme a mi mismo, dar lo que yo soy. Pero tenemos el mandato: “Sed imitadores de Dios…” y ¡Dios ha hecho esto! Dios no nos ha dado cosas ajenas, se ha dado a Sí mismo y en Sí mismo nos lo ha dado todo.

Así sucede en el matrimonio y en el celibato y en la vida consagrada. A veces pasa que, lo que al principio fue un don espontáneo, gozoso y obtenido sin esfuerzo, ilusionante… en un determinado momento puede  transformarse en un peso gravoso o en una tentación de abandonar. Y, para poder salir adelante y vencer la tentación, es necesario la exigencia de la abnegación total de uno mismo para mantener con fidelidad ese don que en su momento se hizo. Es entonces cuando se ve si sabemos imitar a Dios o no; en ese momento de dificultad es cuando se ve. Cuando todo es fácil y la luz resplandece, no tiene nada de particular donarse con generosidad, entregarse sin reservas: cualquier tonto lo hace. Lo difícil es mantener ese don, mantener esa entrega, cuando todo es oscuro y cuando hay que salir de uno mismo y adelantarse a amar y a entregar del todo la vida para permanecer fiel al don.

Imitar el misterio que celebramos significa, ante todo, abandonar todo pensamiento de tomarnos la justicia por nuestra mano, olvidar cualquier recuerdo de ofensas recibidas, borrar del corazón todo tipo de resentimiento, incluso aquel que consideramos justo. No nos engañemos, hermanos: ¡ningún resentimiento es justo! ¡nunca! ¡ninguno! El resentimiento nunca es justo porque alimenta el odio y expulsa a Dios de nuestra vida. Nunca debemos admitir ni justificar ningún resentimiento, ¡nunca! pero en Navidad menos que nunca.

Imitar el Misterio de la Navidad, el Misterio de la donación de Dios en Jesús Niño significa no admitir voluntariamente ningún pensamiento hostil. Repito, para aquilatar cada palabra: “No admitir voluntariamente ningún pensamiento hostil” -cuanto menos palabras y acciones– ningún pensamiento hostil contra nadie. Nadie es nadie: la entrega de Dios no excluye a nadie, viene para todos y nosotros estamos en que tenemos imitarle.

No admitir ningún pensamiento hostil contra nadie, ni contra los que están cerca ni contra los que están lejos; ni contra los débiles ni contra los fuertes; ni contra los pequeños y frágiles ni tampoco contra los grandes de la tierra que tanto nos indignan a veces; ni contra criatura alguna que exista en el mundo… No admitir ningún pensamiento hostil.

Hostil, por si no lo sabéis, viene de una palabra latina que es “hostes”, que significa “enemigo”. El que alimenta hostilidades es el que considera que tiene enemigos y Él es el Príncipe de la Paz. Todos tenemos adversarios en la vida, pero a nuestros adversarios nunca en nuestro corazón debemos convertirlos en enemigos: un adversario no es necesariamente un enemigo. Pero si en mi corazón doy cabida a la hostilidad y el resentimiento, convertiré a mis adversarios en enemigos. Y Jesús sabe esto muy bien. Por eso cuando nos anuncia el Evangelio nos manda “Amar a los enemigos” porque sabe que fácilmente en nuestro corazón transformamos a nuestros adversarios en enemigos y Él no lo quiere.img-20151224-wa0058.jpg

Todo esto es necesario para honrar y vivir la Natividad del Señor, porque Dios no ha guardado rencor a nadie, no ha mirado la ofensa recibida nunca, no esperaba que los demás dieran el primer paso hacia Él. ¡Cuánto nos tiene que hacer pensar eso! ¡Qué orgullosos somos a veces!: “¡Ah, mientras no me pida perdón… si quiere algo ya puede venir,  porque yo no voy a ir!” ¿Ésta es la actitud de Dios? ¿Esto es lo que Él ha hecho con nosotros? No existe mejor modo de expresar nuestra gratitud a Dios por haber venido en carne, por haber nacido, que imitarle en su entrega y en la generosidad de su perdón.Este puede ser nuestro modo navideño de cultivar la oración: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres amados por el Señor”“Gloria a Dios en el cielo” encierra la mejor oración de alabanza a Dios que podemos ofrecer.

“¡Gloria a Dios en el cielo!” Su gloria es que su Hijo haya venido, su gloria consiste en poder mirar al mundo a través de Jesús y en poder mirar a Jesús y complacerse, ya tiene alguien a quien mirar en el mundo y en quien gozarse. Y “paz en la tierra a los hombres amados por el Señor” contiene la mejor oración de intercesión: “Paz en la tierra a los hombres amados por el Señor”. Pedimos la paz que Cristo viene a traer.

 

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