El Verbo se ha abreviado…

El Verbo se ha encarnado, el Verbo, la Palabra Eterna del Padre se ha abreviado, se ha hecho pequeño. Y, como todo pequeño, aprende; como todo niño que llega a este mundo aprende a ser hombre. “Yo estaba junto a él como aprendiz, yo era su encanto cotidiano. Todo el tiempo jugaba en su presencia, gozaba con los hijos de los hombres”.

IMG-20131208-WA0069¡Qué misterio de vértigo: Dios se hace hombre! Pero más todavía: Dios se hace aprendiz de hombre. Y ahora mismo está ante nosotros como aprendiz de hombre. Y Él es nuestro encanto cotidiano, nuestro encanto de cada día, la alegría, la ilusión de cada instante, de este instante. Dios que se hace aprendiz de hombre, Dios que no se conforma con tomar carne y hacerse hombre, sino que se abaja hasta el punto de ser aprendiz, de dejarse enseñar por los hombres a ser hombre.

Cuando decimos que Jesús asumió todo lo nuestro no es un decir, no es una frase hermosa, bonita. ¡No! ¡Es una realidad! En Jesús, Dios asumió la totalidad de la naturaleza humana con todas sus características, con todos sus límites a excepción del pecado. Sin dejar de ser Dios, sin dejar de ser lo que era, asumió lo que no era: asumió la pobreza, asumió la pequeñez, asumió la indefensión, asumió la dependencia de otros, asumió ser menesteroso, ser necesitado y no solo de bienes materiales, también asumió ser un necesitado de afecto, de cariño, de calor humano… Nació, pero con nacer no hizo nada más sino empezar el largo trayecto, la larga aventura de ser hombre.

Decimos con mucha facilidad, y es cierto, pero la expresión nos puede despistar: “Dios se hizo hombre”. Y parece que con eso ya… ya está todo hecho. Dios se hace hombre y ya viene y ya es hombre. ¡Es verdad! Pero la verdad es mucho más profunda, el misterio es mucho más hondo: se hace hombre, hombre verdadero y, por eso mismo, como cualquiera de nosotros, llega a este mundo sin saber qué es ser hombre. Y viene a este mundo como aprendiz de hombre, sin saber nada. Como cualquier niño que llega a este mundo, que tiene que aprender a ser hombre.

Y así podemos contemplar a la Omnipotencia de Dios convertida en impotencia absoluta, en dependencia absoluta de su Madre. Y podemos contemplar a la Sabiduría Infinita de Dios aprendiéndolo todo porque, como cualquier recién nacido, no sabe nada: se mueve y actúa, en sus primeros días de vida, como cualquier recién nacido: por instintos, por impulsos, por acto reflejos… Tiene que empezar a desarrollar su inteligencia humana, sus potencias, sus capacidades de hombre: empezar a desarrollarlas y empezar a aprender. Aprender todo: aprender a sonreír, aprender a mirar, aprender a sostener su cabecita, aprender a sostenerse sentado, sin caerse… Aprender a reclamar la atención de su Madre… ¡aprender a ser hombre! Porque ese aprendizaje también necesitaba ser redimido.

Y aprende –y esto es lo más impresionante- a conocer al mismo Dios desde los sentidos y la sensibilidad de una carne de hombre, desde un Corazón de Hombre. Aprende a adorar a Dios desde fuera de Dios. El Verbo, que desde toda la eternidad vive en el seno de la Trinidad y ama a Dios desde dentro de la Trinidad, aprende a amar y a adorar a Dios desde la sensibilidad y el Corazón de ese Niño que va creciendo y va siendo instruido en la fe, en la fe del pueblo de Israel. Y aprende a leer los rollos de la sinagoga y aprende a orar como cualquier judío… Y aprende, en definitiva, a adorar y a glorificar a Dios como hombre: Dios Hombre aprende a orar y a dar culto a Dios con un Corazón de Hombre. Y también aprende a amar, a sufrir, a confiar, a llorar, a gozar… con un Corazón de Hombre, porque la Sabiduría Infinita no sabía lo que se experimenta en un corazón de hombre. Le faltaba eso para demostrar su Amor al hombre.

Y por eso viene y se encarna y nace y atraviesa todas las etapas del desarrollo humano, como cada uno de nosotros: por su deseo de compartir, por su deseo de comunión con nuestra vivencia, con nuestro ser hombre. Y aquí vemos que “estaba junto a nosotros como aprendiz, Él es nuestro encanto cotidiano. Todo el tiempo juega, -se hace cercano a nosotros- porque goza con estar con los hijos de los hombres.” Es el misterio más grande y más impresionante: ¡Dios aprendiendo a ser Hombre y a vivir y a sentir como Hombre!

image-5228c9583d1c5af7f3ec9899b1551045-TheNativityEl Verbo de Dios se ha abreviado, se ha hecho pequeño, no en su contenido, sí en su forma, en su expresión. La Palabra se ha hecho pequeña, muy pequeña. El Verbo se ha aniñado, se ha hecho Niño con el hombre que también debe hacerse niño para comprender todo lo que el Verbo aniñado, abreviado, nos tiene que comunicar. Con un corazón adulto nunca lo comprenderemos. Sólo los que son como niños tienen capacidad de comprender lo que Dios tiene que decir al hombre.

Contemplamos a Jesús pequeño, recién nacido, bebé de unos meses, pequeñito de un año, de dos… ¡Niño!  Y en sus gestos, en sus primeros pasos vacilantes, torpes, inseguros… en sus primeros balbuceos, en su lengua de trapo, en su llanto, en su risa, en sus mimos… En sus ternuras de Niño, Dios habla a gritos al hombre. ¡Dios está gritando su amor apasionado por el hombre y cómo Él goza con los hijos de los hombres!

Dios se nos ha traducido de su idioma inefable a esta Palabra, a este Niño que crecía en sabiduría, en estatura y en gracia para con Dios y los hombres. Es un idioma fácil de comprender, asequible, que puede llegar a todos. La infinita riqueza del Ser de Dios se manifiesta en cada una de sus actitudes, cada uno de sus sollozos, cada uno de sus gestos, de sus sonrisas, de sus palabras… ¡en todo! Todo transparenta su Corazón y manifiesta sus Entrañas. ¡Dios en este Niño ha buscado y ha encontrado al hombre! Pero esto sería incompleto y resultaría estéril si no ocurriera que, en este Niño, el hombre también encontrara a Dios, a ese Dios que tiene Corazón en su Hijo Jesús.

Se ha iniciado un camino; un camino al final del cual Dios pondrá toda su gloria y su plenitud en la humanidad de este Niño que crece y está en las cosas de su Padre. La Gloria de Dios revestirá la Humanidad frágil del Niño de Belén, del adolescente de Nazaret que se queda entre los doctores, de una historia de docilidad, de obediencia y de donación que culminará más tarde en el Calvario y en la Eucaristía. Docilidad, obediencia y donación: eso es el Corazón de Jesús.

 

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